En memoria de Crisólogo Larralde a cincuenta años de su muerte (1962/2012) "Todo quedó atrás, menos el sueño"

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por Diego Barovero * El 23 de febrero de 1962, hablando en una tribuna a obreros de frigoríficos de Berisso, moría de un ataque fulminante Crisólogo Larralde. Había consagrado su vida a la causa popular, abrazando el radicalismo de muy joven tras un fugaz enamoramiento del ideario libertario anarquista. En los años treinta enfrentó con fiereza el fraude conservador en su provincia de Buenos Aires y, electo senador provincial en comicios viciados, renunció a su banca como supremo gesto de altivez y moral cívica, rechazando beneficiarse con un cargo a expensas de la tergiversación de la voluntad popular. Murió entre obreros, a los que había dedicado sus mejores horas, sus más lúcidos esfuerzos y pensamientos. "Todo quedó atrás, menos el sueño. mi viejo, ni joven, mi niño. sueño igualitario, libertario. fraternal...He peleado por tantos que lo ignoran", escribió casi como un testamento. Los trabajadores eran "sus hermanos". Así los calificó en un poema que reflejaba su propia visión del 17 de octubre de 1945, cuando los vio pasar con rumbo a la construcción de una nueva fuerza política que centraba su fortaleza en la integración de la clase obrera organizada. Sin embargo, nunca mudó de tienda política. No conoció la especulación ni la traición. Vivió y murió "radical" a secas. Enfrentó al peronismo sin hacer gorilismo, cuestionando y denunciando aquello que tenía de autoritario y antidemocrático, incluso diferenciándose por izquierda, pero cuidando de no agredir a los sectores populares peronistas ni cuestionando las justas conquistas sociales por las que él mismo había derramado sudor y lágrimas. En aquellos años difíciles, esquivos para el radicalismo su presencia, su voz y su pensamiento eran ciertamente orientadores para miles de argentinos, radicales o no. Tuvo otro renunciamiento, olvidado tal vez injustamente. Supo resignar una candidatura a diputado nacional a salir en firme prefiriendo presentar a la UCR como candidato a intendente de su ciudad, Avellaneda, "para que el partido pueda obtener quinientos votos más". Luego fue candidato a gobernador y a vicepresidente de la Nación y en ambas oportunidades obtuvo más votos que los que lograba su partido. Larralde tenía electores propios por fuera del radicalismo, por izquierda sobre todo, por su firme identificación con principios muy caros del socialismo. Pero también - y esto lo sabía Perón - tenía votos peronistas. Larralde fue el numen y garante de la inclusión de los derechos de los trabajadores, los gremios y la seguridad social en la reforma constitucional de 1957 mediante la incorporación del artículo 14 nuevo, incorporando así definitivamente a la República Argentina a la corriente del constitucionalismo social de posguerra. El relato de muchos amigos que integraron aquella Convención Constituyente lo recordaba sentado en la última fila de asientos del paraninfo de la Universidad del Litoral, sede de las sesiones, "marcando" de cerca a los convencionales de modo que ninguno frustrara aquella insigne conquista legal de los trabajadores. La división de la UCR rasgó profundamente su corazón, Crisólogo era respetado y querido en ambos sectores, pero él se quedó y fue piedra angular en la UCR del Pueblo, cuyo primer Comité Nacional presidió. En 1962, cuando fue nuevamente candidato a gobernador bonaerense, el peronismo proscripto hasta entonces, había sido habilitado a participar bajo la denominación de Unión Popular con su candidato Andrés Framini, gremialista combativo. Pero su jefe en el exilio sabía que la candidatura de Larralde era atractiva para vastos sectores de su movimiento que no comulgaban con la candidatura de Framini. La candidatura de Larralde abría una importante posibilidad que el peronismo perdiera la gobernación de Buenos Aires, ya que obtendría votos peronistas. Allí residía también la clave de la estabilidad del presidente Frondizi, jaqueado en su débil estabilidad por su enemistad con todos los actores del proceso político, pero que tenía por don Crisólogo respeto y estima sinceros. Su inesperada muerte en aquel acto de campaña le trajo a la República más dolores y acentuó el trágico sino que se cernía sobre ella. Haciendo un ejercicio de ucronía, el triunfo de Larralde en la provincia de Buenos Aires hubiese apuntalado la endeble institucionalidad, neutralizando la preminencia militar en las decisiones nacionales y canalizando de modo orgánico y pacífico la reinserción del peronismo en el sistema democrático. No pudo ser, y los costos de aquella tragedia están a la vista. Larralde fue ante todo un espíritu inquieto, una mente elevada, una personalidad rectora. Nadie en la República Argentina desconocía su serenidad, claridad de juicio y honradez proverbial, reconociéndole un rol primordial en el escenario político argentino, cuya desaparición provocó un vacío que nunca pudo ser llenado. Tan singular e irrepetible fue su personalidad. Su magnífica sencillez se complementaba con una inteligencia cultivada y un rico estilo literario que le permitió legarnos piezas únicas de filosofía y doctrina política de alta escuela. Algunos de sus pensamientos tienen una notoria actualidad y conviene mantenerlos como norte en la cotidiana labor de quienes abrazan la vocación de servicio a través de la militancia política. Uno de ellos muy especialmente: "en el desprecio de todo poder, está todo el poder". (Publicado en el diario "La Prensa" edición del 24 de febrero de 2012) *Historiador. Vicepresidente del Instituto Nacional Yrigoyeneano. Autor del libro "UCR. Su historia, su doctrina, sus nombres"

A CIEN AÑOS DE LA LA LEY SAENZ PEÑA, OBRA DE YRIGOYEN Y LA UCR

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EL 10 de febrero de 1912 el Congreso de la Nación sancionaba la Ley  Nº 8.871, más conocida como Ley Sáenz  Peña,  que aseguró la efectiva participación del pueblo en el gobierno de la cosa pública. Conviene recordar que por entonces la política argentina estaba vedada para los sectores populares y fue causa del nacimiento primero de la Unión Cívica y la Unión Cívica Radical después, cuyo objetivo fundacional fue poner fin al sistema político excluyente y fraudulento, para que el pueblo pudiera votar en libertad y que su voluntad fuera respetada.
 
El radicalismo, conducido por Leandro Alem al comienzo y posteriormente por Hipólito Yrigoyen llevó a cabo la acción revolucionaria en 1890, 1893 y 1905 y consecuencia directa de su estrategia de intransigencia fue la obtención de la Ley Sáenz Peña. Una vez electo presidente Roque Sáenz Peña le planteó a Hipólito Yrigoyen la necesidad que la UCR abandonara la lucha revolucionaria y se integrara al gobierno (ofreciéndole sendos ministerios), lo que fue rechazado de plano por el caudillo radical quien únicamente exigió que se asegurara la libertad del pueblo a votar libremente.
 
Una vez aprobada la Ley 8.871 obra de la UCR y de Yrigoyen que garantizaba el voto secreto, universal y obligatorio, la norma fue aplicada gradualmente y recién en 1916 pudo elegirse un nuevo presidente bajo su imperio. Allí la Convención Nacional de la UCR resolvió levantar la abstención revolucionaria y consagró a Hipólito Yrigoyen como candidato a la Presidencia de la República, quien se impuso en los primeros comicios presidenciales por voto popular.
 
El radicalismo, Hipólito Yrigoyen, Roque Sáenz Peña y Victorino de la Plaza (el vicepresidente que sucedió a Sáenz Peña a su muerte y cumplió el empeño de la palabra de éste) aseguraron así la concreción del principio republicano y representativo consagrado por el artículo 1° de nuestra Constitución Nacional.
 
Dr. Diego Barovero
Vicepresidente del 
Instituto Nacional Yrigoyeneano 

El regreso de la Convención Nacional de la UCR

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A través de muchos años la Convención Nacional de la UCR fue el foro político que mayor expectativa social concitaba en la República Argentina. La sociedad vivía en vilo las jornadas – agitadas por lo general – de aquellas asambleas deliberativas en las que el partido político más antiguo del país debatía ideas y definía un rumbo de acción consustanciado con sus propios valores originarios adaptándolo a la realidad del momento.
Aquello fue una auténtica originalidad en la Argentina de finales del siglo XIX. La convocatoria e integración del cuerpo era nacional, federal y profundamente popular.
El modelo más cercano provenía de los Estados Unidos de Norteamérica donde el Partido Republicano (G.O.P. Viejo Gran Partido) convocaba a su masivo caucus en el que confluían las delegaciones de todos los estados que componían la unión del cual surgía no solamente el candidato a presidente y el candidato a vicepresidente sino que deliberaba en torno a la realidad política y el proyecto de país por los próximos cuatro años.
Notoria fue la influencia de Aristóbulo del Valle – gran estudioso del sistema político norteamericano- en la inclusión de esta modalidad organizativa de la primitiva Unión Cívica y su sucesora legítima la UCR.
No por nada el principal adversario del radicalismo, Julio Argentino Roca, que era zorro pero no zonzo, quiso a su manera copiar el modelo inventando la Convención de Notables que le permitió a él mismo alzarse con la candidatura presidencial del Régimen en 1898. La diferencia radicaba –¡nada menos!- en la integración del cuerpo. La convención roquista era la reunión de todos los gobernadores, senadores nacionales y diputados nacionales en ejercicio, ex presidentes, ex vicepresidentes, ex gobernadores, ex ministros, ex ministros de la Corte Suprema de Justicia…vale decir, los mismos que detentaban el poder en Argentina desde hacía varios lustros y que habían surgido a su turno de elecciones amañadas o meras designaciones que pretendían dotar de un baño de legitimidad aristocratizante a quien debería presidir el país por el siguiente sexenio. En el lenguaje de Hipólito Yrigoyen eran “la razón de ser de nosotros” los radicales.
No hubo en toda la historia nacional ningún órgano político cuyas deliberaciones y decisiones tuvieran mayor trascendencia en la vida argentina. De hecho Yrigoyen  que nunca fue presidente del Comité Nacional (alguna vez fue designado únicamene presidente honorario del cuerpo), fue convencional nacional, ya por la provincia de Buenos Aires como por la Capital Federal.
Los presidentes de la Honorable Convención Nacional de la UCR fueron, a su turno, grandes personalidades de la política argentina como Juan Mamerto Garro (el primer candidato a vicepresidente de la UCR), Pelagio Luna (el vicepresidente de Yrigoyen), Honorio Pueyrredón (el canciller de la neutralidad), Ricardo Rojas (el intelectual orgánico del radicalismo), Moisés Lebensohn (el líder de la juventud y el más inteligente opositor al peronismo) y mas cerca en el tiempo figuras como Alfredo ConcepciónConrado Storani y Osvaldo Älvarez Guerrero.
Por su significación histórica y por su jerarquía en la vida partidaria, ser convencional nacional es un orgullo, un honor y una altísima responsabilidad para cualquier militante radical.
Sin embargo. en los últimos tiempos y como consecuencia de la profundización de la crisis de representación del sistema de partidos, que impactó por lógica más gravemente en la UCR, la Convención Nacional del radicalismo sufrió un proceso de degradación, fundamentalmente en la última década en la que la conducción ejecutiva del partido fue adoptando un sesgo ideológico que la fue alejando de las raíces doctrinales y la consecuencia natural era evitar o atemperar el impacto que un debate político en serio pudiera ocasionar en las cambiantes tácticas electorales que esa misma dirección partidaria impulsaba.
Así, el radicalismo ha vivido estos últimos años sin poder contar con el ámbito de discusión por antonomasia que a través de décadas fue no solamente un órgano plural y democrático para la fijación de las grandes líneas directrices partidarias, sino también un mecanismo ordenador en lo interno, capaz de canalizar las diferentes líneas y vertientes de pensamiento que supieron convivir en su seno.
La Convención Nacional en funciones – cuyo mandato fenece en 2012 – presidida por Hipólito SolariYrigoyen, figura señera de nuestra vida partidaria, de indiscutible compromiso con la democracia y los derechos humanos y consustanciado con los principios doctrinarios liminares, ha reinstalado en la vida del radicalismo la vigencia del alto cuerpo al que la carta orgánica que data de 1892 le asigna la función de “autoridad superior” de la UCR. Ha podido hacerlo a partir de la recuperación del rol que históricamente desempeñó como ámbito natural de discusión de ideas y búsqueda de consensos para el establecimiento del rumbo partidario y definición de la estrategia política que corresponde a un partido con vocación de mayoría.
Corresponde aquí señalar que no todos los sectores internos del partido – lamentablemente- comparten la visión de que debe ser la Convención Nacional el espacio para la adopción de aquellas definiciones. A muchos les parece un organismo vetusto, “demasiado numeroso” (en un alarde de ignorancia acerca de la integración de  los Congresos de los partidos democráticos europeos), ocultando aviesamente que lo que molesta es su caracteristica profundamente democrática, donde llega el dirigente del último rincón del país a plantear con absoluta libertad de conciencia su opinión sobre tal o cual asunto.
La responsabilidad de esta actitud hacia la Convención recae particularmente la conducción saliente del Comité Nacional, en la persona del senador Ernesto Sanz quien en sus dos años de gestión al frente de su mesa directiva ha procurado por todos los medios a su alcance acallar el debate interno partidario con mecanismos sutiles y no tanto, pretendiendo desplazar a la Convención del lugar que por derecho propio y por razones políticas estratégicas le corresponde.
Eso y no otra cosa fue su manifiesta intención de convocar a un pretendido “Congreso Programático” que aprobara el proyecto de programa de gobierno que el radicalismo y sus aliados debería llevar a los comicios presidenciales recientes.
Eso y no otra cosa ha sido su actitud ante el pleno el pasado viernes, al brindar el informe que le corresponde como presidente del Comité Nacional – una auténtica rendición de cuentas que debe ser aprobada por el pleno de la HCN para tener validez y legitimidad política – desde una actitud de soberbia autista y retirarse del cuerpo cuando se abrió el debate demostrando su escaso interés por la opinión de sus propios correligionarios, en función de mandantes partidarios.
La suya ha sido la continuidad de la línea de acción del sector autodenominado “la Renovación”, reconvertido en MORENA, que ejerce el control partidario desde hace una década, comandado por el senador Gerardo Morales y el ex gobernador Angel Rozas que con un accionar absolutamente irresponsable procuran deslegitimar al cuerpo que es el reflejo de la democracia interna y del principio federalista de nuestra organización territorial nacional.
No de otro modo se explica el vaciamiento de la reunión ordinaria en diciembre de 2010 por medio de la convocatoria simultánea de una acto interno de proclamación de la por entonces precandidatura presidencial de Ricardo Alfonsín, dejando sin quórum al organismo que debía aprobar la adaptación de la carta orgánica a la legislación vigente en materia de partidos políticos exigida por la justicia electoral y las bases del programa de gobierno que debían sostener los candidatos que finalmente resultaran electos para representar al partido en las elecciones generales.
No de otro modo se explican los mil y un artilugios para no convocar al cuerpo durante once meses de un año electoral provocando que el partido llegó a la jornada comicial flojo de papeles y debiendo validar ex post las decisiones adoptadas ad referéndum para no quedar en rebeldía ante la manda judicial.
No de otro modo se explica haber convertido al plenario de la HCN en un torneo de discursos de legisladores (haciendo abuso de la cláusula de la carta orgánica que acuerda el derecho a los bloques parlamentarios del radicalismo a tener representación con voz pero sin voto en las sesiones del cuerpo) para estirar las deliberaciones en procura de la pérdida del quórum.
No de otro modo se explica el intento de comparar a las barras juveniles del radicalismo que expresaban con dureza su descontento y su crítica con el rumbo partidario de los últimos tiempos con la nomenklatura de jóvenes funcionarios que integran La Cámpora o (en el paroxismo del ridículo) con la tribuna fascistoide de la Sociedad Rural que impedía hablar al presidente Raúl Alfonsín.
Agraviarse u ofenderse por recibir alguna que otra puteada de las barras o escandalizarse por algún empujón episódico indica el grado de desconexión que algunos pretensos dirigentes tienen respecto de las tradiciones y la historia de este partido.
Pretender en un partido popular y gregario una suerte de intangibilidad personal por ejercer una magistratura de origen democrático denota cierta neurosis. A Marcelo de Alvear, hijo y nieto de próceres y ex presidente de la Nación, quien ya sexagenario en plena Década Infame aguantó puteadas de las barras forjistas e yrigoyenistas, y cuando la pelada ya se le ponía roja de bronca, alcanzó a trompearse con alguno, pero jamás habría reclamado un tratamiento especial por ser quien era, por cierto mucho más grande que los que ahora invocan condición de dirigentes.
De todos modos y más allá de los episodios o anécdotas de color que fueron excesivamente amplificados por los mass media teniendo en cuenta su dimensión real, lo saludable es la recuperación de la tradición radical de debate político, de discusión franca y aún acalorada, de discusión en torno a ideas, a proyectos, a estrategias, en lugar de hacerlo en relación a tácticas, a intereses sectoriales, o a nombres propios. La Convención Nacional de la UCR ha vuelto para quedarse. Ya no será fácil a ninguno acallar el debate interno en el radicalismo.
Un reconocimiento especial merece la figura de Leopoldo Moreau en cuyo sector no milité ni milito, pero en quien reconozco a un dirigente de estatura política conceptual superior al resto de su generación, quien en cada intervención en estos cuatro años de mandato como convencional nacional efectuó aportes fundamentales en materia de ubicación discursiva, reinstalando al radicalismo en el espacio nacional, popular y progresista que es su razón de ser en la historia política argentina.
Y también por razones afectivas deseo reconocer al legendario Luis Changui Cáceres, una especie de Quijote de las causas perdidas, que aún maltrecho sigue poniendo el cuerpo al partido ya acostumbrado a que lo vapuleen.
Deseo finalizar con una mención hacia Ricardo Alfonsín quien se convirtió en el primero de los muchos candidatos presidenciales derrotados del radicalismo en presentarse a la Convención para asumir su cuota parte de responsabilidad (porque es obvio que no es toda suya sino compartida con todos) en el proceso electoral que culminó el 23 de octubre, haciéndose cargo de decisiones que los hechos demostraron ser equivocadas y poniendo la cara frente a la militancia que reclama un cambio de rumbo partidario. Su gesto denota la hidalguía con la que lleva un apellido ya glorioso no solamente para la Unión Cívica Radical sino para la Patria toda.
Celebremos, pues, el retorno de la Convención Nacional del radicalismo, del debate político e ideológico, del ruido de los bombos y redoblantes, de las barras, los cánticos y las puteadas, de la frontalidad y la lealtad aún entre adversarios internos, en definitiva de la política. Es un buen comienzo porque como dijera Yrigoyen “hay que empezar de nuevo”. Quizá no lo veamos nosotros, pero confiemos como Ricardo Balbín que "algún día llegará cantando la columna de los fuertes de alma, de los leales a la libertad. Ese día no importa quien lleve el palo, lo que importa es la bandera".

Diego Barovero 
Convencional nacional por la
Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

Noviembre de 2011.

Presentan el libro "UCR 1891-2011. 120 años de historia en sus documentos y aportes doctrinarios al pensamiento argentino" de Diego Barovero y Fernando Blanco Muiño (Instituto Nacional Yrigoyeano)

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Los 120 años de la UCR

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Hace cuarenta años Félix Luna escribió: “tener un partido como la Unión Cívica Radical es un lujo. Ningún país de América Latina y muy pocos en el mundo pueden jactarse de contar, dentro de su espectro político, con un partido cuya antigüedad exhiba una continuidad tan impresionante”.

Podemos ratificar esa afirmación con orgullo con motivo de cumplir la UCR 120 años de vida ininterrumpida al servicio de las mejores causas nacionales y democráticas, ya que una fuerza así que ha sido mayoritaria en muchas ocasiones históricas y cuando no lo fue ha sabido atesorar un significativo caudal de voluntades, que practica una razonable metodología de democracia interna y está organizada hasta en el último y más recóndito pueblito del país, constituye un importantísimo factor de estabilidad institucional y un canal insustituíble de pacífica transferencia de valores políticos y culturales.

Hemos sostenido en reiteradas oportunidades lo preceptuado por la Profesión de Fe Doctrinaria en el sentido que “el radicalismo es la corriente histórica de la emancipación del pueblo argentino”, entendiendo por ello que la UCR es una permanencia y no depende de circunstancias. La trayectoria centenaria de este partido en una nación de apenas doscientos años de vida independiente denota una profunda y arraigada tradición que merece ser exaltada, porque si un partido político puede exhibir semejante récord es porque ha sido y es modelo y paradigma para buena parte de la sociedad que representa.

El radicalismo tiene por razones morales un peso cualitativo igual o superior que el número de sus seguidores. Un ejemplo de la incidencia de la UCR en la vida cívica de los argentinos es que cada vez que aquella ha sufrido una crisis o una división sus secuelas han causado daño no solamente al propio partido sino al funcionamiento mismo de las instituciones democráticas del país.
Así fue como a lo largo de más de un siglo de vida,  cada catarsis de los radicales aparejó rupturas y discontinuidades en el orden constitucional, poniendo en emergencia la gobernabilidad y acrecentando los riesgos de la vida democrática y en libertad.

En efecto, la UCR puede demostrar la solidez de su permanencia en la historia argentina sobre la base de una doctrina y unos principios que han sido el eje central de su acción política: el respeto por la Constitución Nacional, la defensa de la soberanía nacional, la lucha por el sufragio popular, el ejercicio efectivo del  federalismo, la reivindicación de la autodeterminación de los pueblos, el reconocimiento a la autonomía universitaria, la promoción de los derechos sociales y la concepción humanista de la política.

Pero también y fundamentalmente el radicalismo se ha ganado un lugar en la consideración social a partir del reconocimiento de la conducta ética, digna y austera de sus principales referentes históricos quienes, comprometidos con el ideario, han sido y son ejemplo e inspiración de buena parte de nuestra sociedad.

Lo más valioso de este 120° aniversario de la colectividad política más antigua de la Argentina, es que sus principios han dejado de pertenecer con exclusividad a los radicales para ser consideradas por el pueblo argentino en su conjunto como valores y presupuestos irrenunciables en el ejercicio legítimo de la acción política integrándose  así  al acervo cultural del pensamiento democrático argentino.

Vaya pues el reconocimiento y salutación a todas y todos los radicales de cada rincón de la república en este cumpleaños, formulando votos porque nuestra Patria pueda seguir viviendo cada día una nueva aurora de libertad y justicia inspirada en ideales nobles como los que transmitió y transmite desde 1891 la Unión Cívica Radical.

Diego Barovero