DIEGO ALBERTO BAROVERO

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Si hay una figura capaz de representar al hombre como animal político sin duda es la de Ricardo Balbín, de cuyo nacimiento se cumplieron 110 años. Es que el ejemplo de Balbín, su actitud de entrega desinteresada a una causa, la lucha por un ideal, la constante honradez intelectual de decir lo que se piensa y actuar como se dice ha trascendido las fronteras caprichosas de las divisas partidarias.
En un tiempo en que la política y los políticos aparecen desprestigiados; en que los valores morales y la honradez son bienes escasos; en que la imposición suprime el diálogo  y el pragmatismo se impone a la convicción; es bueno recordar a Balbín.
Toda la vida pública de Balbín está dominada por el concepto de la institucionalidad del partido político como vehículo insustituible de la representación democrática, sin el cual la sociedad es presa fácil de los totalitarismos de todo signo. Su máximo servicio a su partido, la UCR, fue precisamente mantenerlo cohesionado, articulado y en funcionamiento a lo largo y ancho de todo el país, contando con un caudal de sufragios populares nada despreciable. Si hubo un 30 de octubre de 1983 en que en comicios libres triunfó la UCR y su candidato Raúl Alfónsín, es porque la UCR llegó unida e incólume tras el largo período en que la condujo Ricardo Balbín.
Balbín fue un orador brillante que encarnó el sentimiento de una amplia porción de argentinos, radicales o no, que le reconocían el coraje cívico de decir las cosas por su nombre, aunque con un lenguaje florido, en el ambiente saturado de opresión y censura que caracterizó al primer peronismo. En un sistema en el que se privilegiaba la delación, la obsecuencia y la prepotencia que cercenaban la libertad de pensamiento y expresión de los ciudadanos, Ricardo Balbín parado sobre una improvisada tarima de madera en cualquier plaza pública, un micrófono y un par de altoparlantes era la encarnación de un anhelo de libertad . Capaz de denunciar con valentía la brutalidad oficial en la imposición de criterios e ideas, era sensible al reconocer la defensa del interés nacional y la satisfacción de las necesidades sociales por parte del peronismo.
Los años de proscripción peronista lo encontraron procurando construir una alternativa política que fuera capaz de canalizar la voluntad de las mayorías privadas de la posibilidad de votar a su líder. Derrotado una y otra vez en los comicios, tuvo la entereza de reconocer el momento en que debía dar un paso al costado para promover el triunfo de su partido de la mano de otro candidato, posibilitando así el triunfo legítimo de Arturo Umberto Illia, que presidió uno de los mejores gobiernos del siglo XX.
En la convicción que no podía construirse una institucionalidad sólidamente asentada si no se aseguraba la participación del peronismo en los procesos electorales, desprovisto de todo interés mezquino y convencido de servir a la Nación, fue capaz de perdonar agravios, persecución y cárcel para sellar la unidad de las mayorías populares. Un viejo peronista, testigo de aquel momento, me ha dicho que Balbín no saltó una tapia, sino que saltó la historia. Su "viejo adversario" convertido en "amigo" comprendió y valoró el gesto, aunque ya era tarde, para él en particular y para los argentinos en general. La larga y negra noche que se cernía sobre el país desplegó todo su potencial de violencia, horror y muerte. A pesar de las interpretaciones malintencionadas, Balbín estuvo a la altura de las circunstancias. Salvó las vidas que pudo y se dolió de las que no pudo salvar.
Su último gran aporte fue convocar a principios de los ochenta a la multipartidaria en torno a su lecho de enfermo para que buscaran los denominadores comunes que posibilitaran nuevamente la apertura democrática. No pudo ver el renacer de la república y la vigencia de la Constitución Nacional como él lo había soñado. Pero todavía disfrutamos afortunadamente de la democracia por la que Balbín luchó denodadamente.


Diego Barovero
Parece cuento, pero hacia fines del siglo XIX en el borde sudeste de la ciudad capital, en terrenos pantanosos y anegadizos, una aldea o casi un pueblo con características propias, únicas e irrepetibles, con preponderancia de inmigrantes italianos, en su mayoría genoveses, estaba destinado a ser tierra de pintores.
La zona, que por su ubicación geográfica obtuvo como nombre el de La Boca del Riachuelo de los Navíos, alcanzó en poco tiempo un significativo desarrollo social, económico y cultural pese a las adversas condiciones originarias, llegando a obtener reconocimiento mundial gracias a que entre sus límites surgió una auténtica escuela que revolucionó las bellas artes, no sólo de Argentina.
Desde aquella margen del Riachuelo y en medio del paisaje multicolor de casas de madera y chapa se renovó conceptualmente la pintura nacional y trascendió sus fronteras reales e imaginarias de la mano de figuras indelebles como Alfredo Lázzari, Quinquela Martín, Fortunato Lacámera, Miguel C. Victorica, Miguel Diomede, Marcos Tiglio, Juan C. Miraglia, José L. Menghi, Juan A. Bassani, Alonso Casellas, Aldo Severi y Rómulo Macció, entre muchos otros.
En ese proceso tuvo vital protagonismo la Agrupación de Gente de Arte y Letras Impulso, fundada por muchos de aquellos grandes maestros el 23 de marzo de 1940 y que desde el mágico y húmedo barracón de la calle Lamadrid al 300, entre la mítica calle Necochea y la Avenida Brown, a pocos pasos de la legendaria mole de hierro del Puente Trasbordador, realiza su invalorable tarea desde hace tres cuartos de siglo.

Diego Barovero, Horacio Spinetto



por Diego Barovero

La payada es un arte poético musical que pertenece a la cultura hispánica y que tuvo un enorme desarrollo en Sudamérica, sobre todo en Argentina, sur de Brasil y parte de Paraguay. En ella, una persona, el payador, improvisa reflexiones casi filosóficas en un breve instante, acompañado de su guitarra y con rima improvisada.
Cuando la payada es a dúo, se denomina contrapunto y toma la forma de un duelo cantado. En el contrapunto, cada payador responde las preguntas de su contrincante y luego pregunta del mismo modo. Pueden durar horas ya que el final se da cuando uno de los cantantes no puede responder rápidamente a la pregunta de su contrincante.
Por ello el 23 de julio se celebra en la República Argentina el “Día del Payador”, en conmemoración del histórico contrapunto entre Gabino Ezeiza y el oriental Juan de Nava, celebrado en 1884 ante un auditorio la localidad uruguaya de Paysandú.
En ese encuentro  el afroargentino terminó su improvisación, “Heroico Paysandú”, ovacionado por el público que al comienzo lo recibió con hostilidad.
Gabino, de ascendencia negra, nació en San Telmo el 3 de febrero de 1858 y vivió en el barrio de Floresta hasta el día de su muerte el 12 de octubre de 1916, horas antes que asumiera la Presidencia de la Nación el doctor Hipólito Yrigoyen.
Gabino – al igual que otro payador radical, José Betinotti cuya vida y trayectoria fue admirablemente retratada por Homero Manzi en el film "El último payador" – adhirió desde muy joven a la causa de la Unión Cívica Radical, dedicando composiciones tanto al partido como a su numen inspirador y fundador: el doctor Leandro Alem.
Ese 12 de octubre, Yrigoyen enterado de la muerte de Gabino Ezeiza y mientras se preparaba para asumir la primera magistratura de la República por el voto libre de sus conciudadanos luego de 25 años de lucha, le preguntaron si le faltaba algo. El presidente electo afirmó: "Sí, me falta el Negro Gabino...pobre Gabino, él sirvió". Su retrato integra la galería de figuras del arte popular argentino en las paredes del Café de los Angelitos, que fuera inmortalizado como “bar de Gabino y Cazón” en el tango homónimo.

“Alem todo es corazón;
Él encarna el patriotismo;
Es la esencia del civismo de esta gloriosa Nación.
Es eminencia del Foro;
Y en el libro de la Historia;
Su nombre, lleno de gloria;
Se escribirá en letras de oro”

(Payada de Pablo J. Vázquez, Teatro Apolo, 2 de julio de 1894, dedicada a Leandro Alem. Crónica del diario La Prensa)




 Diego Barovero*

La memoria  de los argentinos suele ser endeble y caprichosa, pero no podemos dejar de recordar la figura del Dr. Arturo Mor Roig, quien murió el 15 de julio de 1974 como consecuencia de un cruel y cobarde atentado perpetrado por los Montoneros. En efecto, un comando de dicha agrupación lo sorprendió almorzando en un sencillo restaurante de San Justo. Ejemplo de honradez y dignidad personal, desde su regreso al llano luego de desempeñar varios cargos públicos, Mor Roig se ganaba su peculio como asesor legal en un establecimiento fabril en el conurbano.

La figura de Arturo Mor Roig se destaca como un signo de reconciliación y consenso. Reconocido dirigente de la Unión Cívica Radical a la que adhirió en su juventud, su vasta trayectoria legislativa enalteció la política, desde sus comienzos como concejal en San Nicolás, como senador en la Legislatura bonaerense y en el desempeño de la presidencia de la Cámara de Diputados de la Nación entre 1963 y 1966. Su  vida pública estuvo siempre presidida por la disciplina de la razón, la vocación por el diálogo, la virtud de la tolerancia y el desprendimiento personal.

En 1971, despojándose de todo cálculo mezquino, aceptó ser ministro del Interior del gobierno de facto presidido por el General Alejandro Agustín Lanusse, comprometiendo su prestigio personal y político con el objetivo de reconstruir el sistema republicano sobre la base de la unidad de todos los argentinos. Cumplió su cometido, ya que el 25 de mayo de 1973 asumió un gobierno constitucional electo sin proscripciones partidarias por primera vez luego de dieciocho años. 

Lamentablemente, pagó con su vida la firmeza de sus convicciones y su compromiso democrático. Quizá no haya sido casual que mataran a Mor Roig apenas dos semanas después del fallecimiento del presidente Juan Domingo Perón. Los Montoneros, expulsados de la Plaza de Mayo por el anciano conductor, habían pasado a la clandestinidad y, en un escenario de enfrentamiento en el marco interno del peronismo, buscaban un medio para condicionar a algún tipo de negociación con la nueva presidenta Isabel Martínez de Perón, quien por entonces buscaba apuntalar su débil administración mediante el diálogo con todo el arco político y social.

Habían intentado por medio de un encuentro con Ricardo Balbín que éste mediara ante la presidenta viuda, recibiendo una rotunda negativa del líder radical si antes no hacían público su compromiso con el sistema democrático.

Decidieron entonces enviarle un mensaje a Balbín. Eligieron por blanco al ex ministro Mor Roig, quien no contaba con custodia ni protección especial y se manejaba como un ciudadano común en el desarrollo de su rutina diaria. La muerte de Arturo Mor Roig fue entonces una advertencia a toda la dirigencia política. Después la espiral de odio y muerte se expandió. A cuatro décadas el asesinato de Mor Roig permanece impune.

*Historiador. Autor de "Arturo Mor Roig. Entre el ensueño y el sacrificio. La transición democrática de 1971/73". Ed. Dunken.

por Diego Barovero

La conmemoración de los 100 años del natalicio de Aníbal Troilo "Pichuco", célebre musico, compositor y director de orquesta cuya obra y personalidad marcan un hito en la historia del tango, me trajo recuerdos de mi infancia viéndolo en presentaciones televisivas por entonces en blanco y negro o escuchando sus grabaciones en viejos discos de pasta de los sellos Odeon y RCA. En cualquier familia de tangueros se practicaba un culto a la figura del enigmático Gordo. Mi familia no era la excepción, pero por cierto fue mi padrino, Enrique José María  Vaccaneo - impenitente milonguero y hombre de la noche porteña - quien profesaba un auténtica adoración por Troilo, a quien conoció y vio actuar en vivo en numerosas ocasiones. 
Siempre me pregunté si Pichuco tuvo alguna inclinación política, algo que nunca pude develar. Intuí que tal vez su temprana amistad con Homero Manzi lo hubiera influido de alguna manera en la causa popular que con tanta pasión animó la corta vida del vate. Pero no encontré registro de ideas políticas en Troilo. Descuento que su sensibilidad, expresada singularmente con su fueye, lo acercaba a la gente sencilla del pueblo, aquella que se emocionaba con su música y su interpretación. No podía serle ajeno entonces cualquier injusticia o dolor humano. 
Pero hay un dato que queda alojado en un recóndito rincón de mi memoria de alguna charla lejana con mi padrino troileano que quizá sirva para conocer los entresijos de relaciones que unieron al Bandoneón Mayor de Buenos Aires con el mundo de la política, a partir del gusto por la noche y sus excesos. 
Me contó una anécdota acerca de una noche luego de una actuación de Troilo con su conjunto, a la que luego siguió la habitual farra de alcohol y otras licencias. Como de costumbre, Pichuco se pasó del límite y tuvo un entredicho en la calle con un vigilante al que le dio un sopapo por lo cual terminó yendo a dar con sus huesos al calabozo de la comisaría cercana. 
Mi padrino recordaba con certeza la claridad del mensaje del inefable Gordo al advertir su desgracia y pensar en su salvación. "¡Avísenle a Perette!". Y los amigos fueron nomás hasta el Hotel Savoy, que era su "residencia oficial", a buscarlo al vicepresidente de la Nación doctor Carlos Humberto Perette que, fraternal y solidario con Pichuco en las indelebles noches porteñas, hizo uso de su alta investidura al apersonarse en la Seccional policial y solicitar la inmediata libertad del músico.
Vaya el recuerdo como un homenaje a la pretérita noche porteña y sus duendes como Troilo, Perette y mi padrino Enrique.


Escribe Diego Barovero*


El 9 de julio de 1894 Buenos Aires se engalanó para celebrar un gran acontecimiento: la inauguración de la Avenida de Mayo.
Sin embargo, un día antes, el 8 de julio La Boca del Riachuelo vivió su propia fiesta. En la manzana delimitada por las calles Suárez, Santa Teresa (hoy Ministro Brin), Olavarría y 119 (hoy Sebastián Caboto) se inauguraba la Plaza Solís, denominación en homenaje al navegante que descubriera el Río de la Plata.
La gestión había sido iniciada por el vecino Santiago Ferro, que incluyeron unas décimas entonadas por el celebérrimo payador de las dos orillas del Río de la Plata Gabino Ezeiza en 1892 ante el intendente municipal Francisco Bollini, quien dispuso el inicio de la obras. Dos años más tarde su sucesor Federico Pinedo inauguraba la primera plaza del barrio de La Boca.
Desde aquella jornada la Plaza Solís fue hito y epicentro de numerosos y significativos acontecimientos y marco propicio para el prolífico desarrollo de las más variadas actividades humanas que siempre caracterizaron a la populosa barriada ribereña.
En 1895 en la esquina de Olavarría y Ministro Brin comenzó a funcionar el magnífico Mercado Solís. Y algunos años más tarde, el 3 de abril de 1905, un grupo de muchachos soñadores dio el puntapié para el nacimiento de una señera institución barrial con proyección internacional: el Club Atlético Boca Juniors.
El entorno de la Plaza Solís señala la proliferación de interesantes y variados ejemplos de las típicas casas boquenses de chapa y madera, que lucen aún orgullosas la policromía impulsada por Benito Quinquela Martín como hito característico del barrio.
Las celebraciones de Nochebuena y Año Nuevo trascendían los límites del espacio privado, ya que las mesas para la cena familiar se tendían generosas en las veredas o directamente en la calle o la mismísima plaza, como lugar de encuentro y festejo común. Diz que en aquellos primeros años del siglo XX el tango nacía, orillero, entre La Boca y Barracas. Y, originario de aquel reducto, brillaba entre otros el indeleble bandoneonista Juan Bautista “Bachicha” Deambroggio, a quien nada menos que Carlitos Gardel grabó en París su “Bandoneón arrabalero”. A pocas cuadras, en Suárez y Necochea esquina mitológica del tango, sonaban en sus cuatros esquinas los mágicos acordes de los jóvenes Eduardo Arolas, Agustín Bardi, Francisco Canaro, Genaro Espósito y Arturo Bernstein.
En la intersección de Suárez y Caboto, el 15 de enero de 1949 nació la Agrupación Humorística Los Nenes de Suárez y Caboto que hizo las delicias de los niños y los no tan niños en los populares y recordados carnavales boquenses.
En el N° 74 de Suárez vivió por muchos años el eminente pintor Miguel Diomede, ganador del Premio Palanza y académico de Bellas Artes.
La esquina noroeste de Suárez y Caboto es sede del tradicional café y restaurante (que se inició  en los años 30 como almacén y despacho de bebidas de la mano del matrimonio español compuesto por Manuel Pazios y María Servando) La Buena Medida, que desde 1972 regenteó don Angel “El Bebe” Schiavone, y actualmente su hijo Antonio -Tony para los amigos del barrio y habitués-. Ese local fue escenario de la filmación de dos singulares películas del cine nacional: “Los muchachos de mi barrio”, de 1970, dirigida por Enrique Carreras y protagonizada por Palito Ortega, Javier Portales, Juan Carlos Altavista y Evangelina Salazar; y “Un oso rojo”, de 2002, dirigida por Adrián Caetano y protagonizada por Julio Chávez, Soledad Villamil y René Lavand.
En los tiempos de actividad portuaria los altos de esa esquina fueron sede de un sindicato naval y luego  atellier de otro célebre pintor boquense, Manuel González Lázara, uno de los maestros fundadores de la Agrupación Gente de Arte y Letras Impulso.


*Junta Auténtica de Historia y Cultura de La Boca del Riachuelo.
por Diego Barovero
(Síntesis de la charla brindada el 4 de julio de 2014 en la Junta de Estudios Históricos de San Telmo)
Los cafés y bares están presentes en nuestra vida ciudadana desde los albores de nuestra historia.
En ellos se jalonaron episodios trascendentes de la formación de nuestra Patria así como infinidad de hechos y circunstancias de variada intensidad en nuestra vida cotidiana.
Un pequeño recorrido personal  por el circuito del casco histórico de Buenos Aires, desde Plaza de Mayo y Catedral al Sur, pasando por San Telmo y el Parque Lezama hasta finalizar en otro barrio emblemático como La Boca del Riachuelo, nos permite trazar una línea imaginaria uniendo bares y cafés notables de nuestro pasado y nuestro presente.

El más antiguo de los cafés en actividad en nuestra ciudad de Buenos Aires, el Café Tortoni, fue fundado en 1858 por un francés quien le impuso ese nombre emulando al homónimo ubicado en Paris.
El primitivo Tortoni porteño abrió sus puertas por primera vez en un local de Esmeralda y Rivadavia. Por los años 80 se trasladó a la acera opuesta, exactamente en Rivadavia 826.
En 1893, un año antes de la inauguración oficial de la Avenida de Mayo el Café Tortoni ya lucía su nueva fachada, con dos accesos en el 825 y 829 de la nueva arteria. Desde entonces se consagraron sus clásicos leche merengada y chocolate con churros. Fue epicentro del magnífico movimiento cultural porteño, especialmente desde los tiempos en que en su subsuelo funcionó la Agrupación de Gente de Arte y Letras La Peña, por donde desfilaron Alfonsina Storni, Benito Quinquela Martín, Juan De Dios Filiberto, Carlos Gardel, Luigi Pirandello, Arthur Rubinstein, Federico García Lorca, entre tantos otros.
En noviembre de 1887, año en que se realizó el primer censo municipal de población de la ciudad que arrojó un total de 433 mil habitantes de los cuales más de la mitad eran extranjeros, el aire de Catedral al Sur se perfumó con el aroma del café recién molido de La Puerto Rico, propiedad de don Gumersindo Cabedo, que había vivido algunos años en la isla boricua, encariñándose con su gente, su tabaco y sobre todo su café.
La Puerto Rico funcionó en la calle Perú hasta 1925, cuando pasó a su actual sede en la calle Alsina 420, casa en cuyos altos funciona hace años el Museo de la Ciudad. Algunas de las personalidades que pasaron por sus mesas, con tapa redonda o rectangular de mosaico granítico que tienen incrustada en estaño el nombre del café, se recuerda a Paul Groussac, Arturo Capdevila, José María Monner Sans y Rafael Obligado.

 En San Telmo, en el año 1897, se inauguraron dos mercados: el San Telmo y el Argentino, ya desaparecido. El histórico Mercado San Telmo, proyecto y obra del prestigioso arquitecto Juan Buschiazzo, ocupa un poco más de un cuarto de la manzana comprendida entre las calles Defensa, Carlos Calvo, Bolívar y Estados Unidos. Los locales a la calle fueron ocupados originalmente por bares y billares. En uno de ellos, el que da a la calle Bolívar 982,986 y 994 funcionó hasta hace poco tiempo el bar y restaurant La Coruña, evocando una de las cuatro provincias de Galicia. Fue una referencia para el barrio y sus vecinos, pero también para los oficinistas de la zona y para los turistas que invaden a diario el barrio.
En pleno siglo XXI y producto de las nuevas tendencias mundiales llegadas al país y a la ciudad, se dice que los cafés se han revolucionado. Por ello han aparecido otras modalidades como el bar de barista. Un ejemplo de ello son los cafés en el interior del Mercado San Telmo, en el bello espacio central cubierto por la cúpula de ocho aguas, como es el caso de Coffe Town, pequeño espacio artesanal dedicado al café de calidad.
Frente al Hueco de la Residencia, que fuera luego Plaza de la Residencia, más tarde Del Comercio y luego Humberto I° y que, por ordenanza del 15 de mayo de 1900, adquirió su denominación definitiva de Plaza Dorrego, en la esquina nordeste de Defensa y Humberto I° en la planta baja de un edificio de dos plantas construído en 1880, se encuentra el Bar Plaza Dorrego, auténtico cafetín porteño.
Anteriormente el bar se llamó San Pedro Telmo – por su cercanía con la histórica iglesia parroquial- y fue en sus orígenes almacén bar El Imperial. De aquel entonces datan una máquina de café y cajones donde se guardaban sueltos fideos, porotos, lentejas, yerba, café, etc. Mudos testigos son sus mesas de madera gastada por las que pasaron Jorge Luis Borges, Raquel Forner, Alfredo Bigatti,  Robert De Niro, Eric Clapton y Robert Duvall.
El Parque Lezama, sitio fundacional de la ciudad Buenos Aires, es el último bastión del barrio de San Telmo. Precisamente en la esquina en que se cruzan Brasil y Defensa, dos bares tradicionales se enfrentan: el Bar Británico, en la esquina nordeste, y el Café El Hipopótamo en la noroeste.
El primero de ellos, en una de cuyas mesas Ernesto Sábato escribiera parte de su significativa novela “Sobre héroes y tumbas”, abrió sus puertas en 1930 bajo el nombre La Cosechera, pasando pocos años después a su actual denominación.

El otro, por su parte, desde 1909 funcionó como almacén y despacho de bebidas con la denominación La Estrella del Sur. Luego llamóse Saturno, Hipoppotamus y actualmente El Hipopótamo.
Nuestro itinerario personal termina por razones obvias en La Boca del Riachuelo. Emblemática barriada de Buenos Aires con caracteres propios que le diera su propia geografía y su incónico paisaje urbano. Los cafés de La Boca fueron, se dice, donde se escucharon los primeros acordes del tango. Particularmente en la zona de Suárez y Necochea, en cuyas cuatro esquinas ochavadas lucieron míticos cafés donde brillaron de jóvenes Juan de Dios Filiberto, Eduardo Arolas, Francisco Canaro, Juan Bautista “Bachicha” D’Ambroggio y Genaro Espósito. Unas cuadras hacia el Riachuelo frente a la Plaza Solís, primera plaza boquense, inaugurada un día antes que la Avenida de Mayo el 8 de julio 1894, perdura en Suárez y Caboto La Buena Medida, que fuera primero almacén y despacho de bebidas propiedad de un matrimonio de españoles y finalmente bar y restaurante.
En la avenida Almirante Brown y Olavarría, aún existe el Bar Roma – sucesor de otros bares y una rotisería ubicados en el mismo local – al que Enrique Cadícamo dedicó unos versos hechos tango para memorar la presencia boquense de Carlitos Gardel y José Razzano :”Viejo café cincuentón que por La Boca existía/ allá por Olavarría esquina Almirante Brown/ Se estremeció de emoción tu despacho de bebidas/con las milongas sentidas de Gabino y de Cazón” (El Morocho y El Oriental).
El Instituto Nacional Yrigoyeneano y la Junta Auténtica de Historia y Cultura de La Boca del Riachuelo invitan a la presentación del libro "Caudillos y Protagonistas Políticos en La Boca del Riachuelo" de Diego Barovero. 

El acto se realizará el sábado 21 de agosto a las 17 horas en la sede de la Impulso Agrupación de Gente de Arte y Letras, Lamadrid 355, La Boca, Ciudad de Buenos Aires. Harán uso de la palabra junto al autor, el arquitecto Horacio J. Spinetto y el historiador Rubén Rodríguez Ponziolo. 

El acto finalizará con un mini recital de tango de temática y autores boquenses a cargo del maestro Mario Valdéz al piano y la cantante Livia Comerci.