DIEGO ALBERTO BAROVERO

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Yrigoyen: La política como creación ética

Se cumplieron 160 años del natalicio del ex presidente radical, impulsor de una corriente reformista y democrática


El caudillo radical es la expresión nacional del humanismo ético que centraba su esfuerzo en la realización del hombre, inspirado en el ideal krausista que enfatizaba el sentido moral del derecho.

POR DIEGO BAROVERO *



Juan Hipólito del Corazón de Jesús Yrigoyen Alem nació en Buenos Aires el 12 de julio de 1852, hijo del comerciante vasco francés Martín Irigoyen Dodagaray y la argentina Marcelina Alem, hermana del fundador de la UCR Leandro Alem. Era el mayor de cinco hermanos, la familia se completaba con dos varones Roque y Martín y dos mujeres Amalia y Marcelina.



Hipólito formó su educación con los Padres Bayoneses en el Colegio San José, finalizando sus estudios secundarios en el Colegio de la América del Sud. Cursó la carrera de abogacía en la Facultad de Derecho de Buenos Aires, finalizando su carrera sin presentar tesis doctoral.



Antes de ocupar en dos oportunidades la presidencia de la Nación, se desempeñó en diversos cargos públicos y fue profesor de Historia Argentina, Instrucción Cívica y Filosofía en la Escuela Normal de Maestras. Falleció en Buenos Aires el 3 de julio de 1933 tras haber recibido los auxilios sacramentales de la fe católica.



El pensamiento de Hipólito Yrigoyen, un hombre formado en la segunda mitad del siglo XIX, estuvo sin dudas influído por sus lecturas, que son muchas y muy variadas, como surgía de su abultada biblioteca: Platón, Aristóteles, Kant, Rousseau, Spencer, Montesquieu, Stuart Mill, Fenelon, Le Bon, Bossuet, Emerson, Story, Juan Agustín García, Mariano Fragueiro, Vicente Fidel López, José Manuel de Estrada, Barraquero, Florentino González y, sobre todo, los filósofos de la escuela de Karl Christian Friedrich Krause, fundamentalmente Ahrens, Tiberghien y los españoles Giner de los Ríos y Sanz del Río.



Desde el punto de vista de la historia de las ideas políticas y de la filosofía social en Latino América, Yrigoyen es el político krausista por excelencia y el ejemplo más característico de esa corriente reformista y democrática. Su pensamiento y los modos de su conducta pública y privada, su personalidad y, en fin, su estilo humano, tienen los rasgos en forma y sustancia del krausismo como filosofía ética y modalidad de vida, tal cual se desenvolvió en la España del siglo XIX y en Latino América inmediatamente después.



"Los krausistas vestían sobriamente, por lo común de negro, y componían el semblante, pareciendo impasible y severo; caminando con aire ensimismado, cultivaban la taciturnidad; y cuando hablaban, lo hacían con voz queda y pausada, sazonando sus frases con expresiones sentenciosas, a menudo obscuras; rehuían las diversiones frívolas y frecuentaban poco los cafés y los teatros" (José López Morillas, El krausismo español).



Pero más allá de estos rasgos exteriores, que parecen pintar la figura de Yrigoyen -a quien sus contemporáneos llamaban El Peludo por sus hábitos reservados-, el krausismo fue para él, sobre todo, un estilo de vida y una forma de vivir la política, una cierta manera de preocuparse por el mundo y ocuparse de la Patria, de pensarla, de vivirla.



Por eso, la gran vocación de Yrigoyen -aunque fue el más filósofo de los presidentes argentinos- no fue la contemplación metafísica, la escritura de tratados, ensayos o memorias, ni la enseñanza teórica alejada de la vida real. Su gran vocación era la política como pensamiento conducente, y sobre todo la política como práctica moral.



Ese proyecto político que lo absorbe durante toda su trayectoria vital, no se limita ni se guía para adquirir, acrecentar o permanecer en el "poder", un vocablo excluído del lenguaje yrigoyeniano. Se funda, en todo caso, en una suerte de panteísmo democrático participativo, en la que el pueblo, conjugación armoniosa de individuos-ciudadanos libres, se gobierna a sí mismo completando su plena soberanía.



HUMANISMO ETICO



Yrigoyen es la expresión nacional del humanismo ético que centraba su esfuerzo en la realización del hombre, inspirado en el ideal krausista que enfatizaba el sentido moral del derecho, que es el conjunto de condiciones para la realización nacional y la idea de la política como creación ética.



En ello se nutrió para dar forma y contenido a dos principios esenciales de la filosofía y la conducta yrigoyeneanas: la ética y la intransigencia. Ambas eran concebidas como medios reparadores contra la usurpación del poder, en la concepción de una democracia integral en la que se complementan e interactúan la justicia y la libertad.



Yrigoyen encarnó un sentimiento nacional de pureza y decencia cívica, un movimiento de conciencias, de corazones y de almas dispuestos a pelear el buen combate. Para ello era menester asumir una conducta ética en la que los medios se subordinen a los fines y fueran congruentes con ellos.



En Yrigoyen la idea de Nación es dinámica, un proyecto en continuo movimiento, una realización cívica de origen popular, emancipadora y soberana, reparadora y al propio tiempo revolucionaria. De ahí la importancia del sufragio, de la voluntad general expresada a través del comicio limpio de carácter universal. La Nación es entonces construcción y manifestación popular, y una vez que el pueblo se pronuncia "la Nación ha dejado de ser gobernada, para gobernarse a si misma" (Mensaje de Apertura del Congreso de la Nación, 16 de mayo de 1919).



Para Yrigoyen la política es ética, y la ética es política: la simbiosis es absoluta, y por lo tanto no se plantea la contradicción teoría-praxis, o, en términos de Max Weber; una ética de las ideas en contraposición a una ética de las responsabilidades. La ética yrigoyeneana, por otra parte, es de índole social, emanada naturalmente de una moralidad individual, a la que trasciende. Por eso Yrigoyen, al anunciar la pérdida de su propia autonomía, la sublima en función de una liberación colectiva.



Por eso una parte importante, la más sustantiva del pensamiento yrigoyeneano, ha sido incorporada a las ideas políticas argentinas, y por lo tanto está vigente y aceptada, y cuentan con lo que podríamos denominar un consenso implícito de la teoría democrática. Lo que en su tiempo era innovador y revolucionario, hoy no tiene obviamente el mismo eco trasgresor y alternativo. Aun cuando deba ser considerada y valorada en el contexto de la historia de las ideas y, en ese marco, su ubicación en tiempo y lugar, encontrando influencias, cruces ideológicos, y eventualmente quiebres y continuidades, el mensaje de Yrigoyen ostenta el carácter de lo clásico, y por lo mismo, resulta imprescindible.


(Publicado en La Prensa, en su edición del domingo 15/7/2012)
* Abogado, autor de "UCR. Su historia, su doctrina, sus nombres" y vicepresidente del Instituto Nacional Yrigoyeneano



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