Existen pocas figuras en la historia política argentina con la singularidad de la personalidad y trayectoria de Alfredo Palacios. Tribuno popular e ídolo de la juventud por muchas décadas, con su aire mosqueteril, acentuado por su bigote y su chambergo además de su inveterada tendencia al lance caballeresco en defensa del honor, fue también un exquisito orador que cautivó a su público con su voz engolada y su verba florida. Fue el primer diputado socialista en el continente americano además de un exponente cabal de los derechos sociales anticipándose en mucho a las tendencias mundiales en la materia.
Alfredo Lorenzo Palacios nació en la ciudad de Buenos Aires el 10 de agosto de 1878, fue abogado, político socialista, docente y legislador.
Se educó en la fe cristiana que con el devenir de los años y algunas desilusiones personales luego abandono. El ambiente de la época, la lectura de obras de los teóricos del socialismo mundial como Marx y Engels atrajo tempranamente su atención. Recibido de abogado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires esbozó una tesis denominada "La miseria" que fue rechazada por el ambiente académico conservador de entonces y reemplazo por otra sobre la quiebra de empresas. Al iniciar su vida profesional hizo colocar en el frente del escritorio un cartel con la siguiente leyenda: "Dr. Alfredo Lorenzo Palacios. Atiende gratis a los pobres". Por aquellos años se incorporó al Partido Socialista fundado por Juan B, Justo en 1896 y llego a obtener figuración en el ambiente político de su partido por sus elocuentes discursos en meetings y reuniones en las que intervenía. En las elecciones de 1904 un grupo de inmigrantes italianos pertenecientes al centro socialista del barrio de La Boca a los que atendía con su particular dedicación le ofrecieron la candidatura a diputado nacional por aquella circunscripción electoral. Fue una campaña febril y atípica. Palacios recorrió el barrio de la Ribera y daba discursos en los patios de los conventillos. El 13 de marzo, mientras en la mayoría de los sitios del país se llevaba a cabo un fraude electoral escandaloso en la Capital existía cierta libertad para votar. Así, con 830 votos expresados a viva voz en forma insobornable por ciudadanos boquenses, Alfredo Palacios se alzó con el escaño legislativo correspondiente a la 4ta. Circunscripción La Boca.
En el campo jurídico fue fundador y exponente del denominado Nuevo Derecho en defensa de los trabajadores y las clases menos pudientes. Como legislador obtuvo varias leyes sociales, aunque la oligarquía supo obstruir muchas iniciativas de avanzada planteadas por Palacios en el Congreso, sin embargo logro que se aprobasen leyes instituyendo el descanso dominical, el sábado ingles, pago de sueldos en moneda y no en vales, regulación del trabajo femenino, ley de la silla, estatuto del docente, por mencionar algunas. Fue profesor de la Universidad de Buenos Aires y de la Universidad de La Plata, fundador de la materia Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social, decano de la Facultad de Derecho (UBA) y Presidente de la Universidad de La Plata. En 1918 adhirió fervorosamente a los principios de la Reforma Universitaria convirtiéndose el mismo en uno de sus propulsores más comprometidos. Entre sus obras literarias más importantes se encuentran "El Nuevo Derecho", "Esteban Echeverría: el albacea del pensamiento de Mayo", "La miseria", "El dolor argentino", entre otras.
Una particularidad de la vida de Palacios fue que pese a su larga trayectoria en el Parlamento argentino nunca llego a ejercer un periodo completo para el mandato que había resultado electo. Por caso, en 1908 debido a la decisión del Presidente Figueroa Alcorta de clausurar el Congreso. Luego en 1915 debido a su renuncia a la banca tras haber sido expulsado del Partido Socialista por haber aceptado batirse a duelo (prohibido por los estatutos partidarios) con el diputado radical Horacio Oyhanarte. Tras el golpe de Estado de 1930 fue electo senador por la Capital en 1931 y debió dejar el Congreso con el golpe militar del 4 de junio de 1943 que cerró el poder Legislativo.
Durante los años cincuenta como firme opositor al gobierno de Juan Domingo Perón estuvo encarcelado sin proceso junto a otros dirigentes políticos y en 1955 en una tregua política pedida por el presidente a la oposición, Palacios pronunció un discurso furibundamente antiperonista que fue grabado y no llego a ser propalado por la radio debido a la censura imperante y provocó la finalización de la tregua, pocas semanas más tarde Perón fue derrocado por un golpe de Estado dando inicio al gobierno de la Revolución Libertadora.
Durante este periodo Alfredo Palacios fue designado Embajador ante la República Oriental del Uruguay adonde como otros políticos opositores había estado exiliado por las persecuciones peronistas. Al convocarse a una Convención Constituyente que reformaría la Constitución para reimplantar la de 1863/60, Palacios fue electo convencional por la Capital y tuvo un áspero cruce verbal con Oscar Alende cuando como presidente de la bancada de la UCRI anunció el retiro de la misma impugnando su legitimidad.
En las elecciones de 1958 fue candidato a presidente por el Partido Socialista Argentino ya que el viejo partido se había dividido (el otro se denominó Partido Socialista Democrático) acompañado en el binomio por Carlos Sánchez Viamonte. Al producirse la Revolución Cubana motivo nuevos ideales a los jóvenes y las izquierdas del mundo a los que no fue ajena la Argentina. Palacios hizo público su apoyo al movimiento y en unas elecciones complementarias para elegir senador por la Capital en 1961 y pese a su avanzada edad hizo una campaña activa y novedosa en la que le cantaba "En Cuba los barbudos, en Argentina los bigotudos. Vótelo a bigote" y se alzó con el triunfo y la banca del Senado. Sin embargo tampoco entonces pudo cumplir su mandato ya que en 1962 otro golpe de Estado derrocó al presidente Arturo Frondizi y fue clausurado el Congreso.
Sin embargo, regreso una vez más al parlamento argentino en las elecciones de 1963 que dieron el triunfo al presidente Arturo Illia, siendo entonces el diputado de mayor edad que debió presidir las sesiones preparatorias hasta la constitución de la Cámara. En 1964 fue homenajeado por el Congreso argentino al cumplirse sesenta años de su primera elección como diputado por La Boca, inicio de una vasta y fructífera trayectoria parlamentaria.
Falleció el 20 de abril de 1965 en la absoluta austeridad y pobreza en su casa de la calle Charcas 4741 por la que abonaba un alquiler de un peso ($1) mensual.
Quizá pueda criticarse a Alfredo Palacios como el más grave de sus pecados su incomprensión ante los movimientos políticos populares argentinos contemporáneos, el yrigoyenismo y el peronismo, a los que combatió con fiereza. Sin embargo no puede adjudicársele en ninguno de ambos casos que su oposición se fundase en razones de clase o defensa de intereses y privilegios elitistas ni mucho menos oligárquicos nacionales ni transnacionales. Era un socialista atípico , con una visión ni dogmática ni internacionalista, mas bien inspirado en un socialcristianismo o humanismo redentor de las clases populares cuya miseria y privaciones estudio con enjundia y dedicación.
"Loor al presidente argentino Yrigoyen que nos ha hecho
vivir siquiera dos horas de libertad dominicana".
vivir siquiera dos horas de libertad dominicana".
Hace 95 años se produjo de uno de los más significativos episodios de la historia americana en que quedo de manifiesto el profundo espíritu solidario continentalista que animo al presidente Hipólito Yrigoyen. El 24 de mayo de 1919 murió en Montevideo el poeta Amado Nervo, que se desempeñaba como embajador de México ante los gobiernos del Uruguay y de la Argentina.Eran tiempos en que la muerte de un poeta conmovía a pueblos y gobiernos.
El presidente uruguayo Baltasar Brum dispuso que el féretro que contenía los restos de Nervo fuese trasladado de Montevideo a Veracruz en el crucero Uruguay; el presidente argentino Hipólito Yrigoyen decidió que el crucero 9 de Julio lo escoltara.
Las diligencias de traslado y entrega de los restos mortales del vate a su Patria de origen fueron cumplimentadas pero al regreso a la Argentina el buque tenía instrucciones de tocar puerto en Santo Domingo, República Dominicana que desde 1916 estaba militarmente ocupada por tropas de los Estados Unidos.
Al advertir que en la fortaleza Ozama no flameaba la bandera dominicana sino la de las fuerzas de ocupación el comandante del crucero argentino consultó a las autoridades de su gobierno acerca de cuál bandera debía saludar el buque. La respuesta provino directamente del presidente Yrigoyen, y era terminante: "Id y saludad al pabellón dominicano en reconocimiento a su independencia y soberanía". El 20 de enero, el 9 de Julio fondeó frente a Santo Domingo y saludó izando a tope el pabellón dominicano.
Las memorias dicen que los pobladores cosieron de apuro con grandes trozos de tela la bandera dominicana, y que la izaron en el torreón de la fortaleza; el 9 de Julio respondió con una salva de veintiún cañonazos. El pueblo se lanzó a las calles, olvidando las prohibiciones impuestas por las tropas de ocupación, las que pidieron instrucciones a Washington y ese mismo día recibieron una sensata y conciliadora respuesta: responder los saludos con las salvas de práctica.
Ante la difusión internacional que tuvo el suceso, Washington resolvió de inmediato cablegrafiar a Santo Domingo para que fueran levantadas las disposiciones que conculcaban la libertad de expresión oral y escrita de los dominicanos. Aprovechando el nuevo clima de relativa distensión contituyeron Juntas Patrióticas que exigieron con firmeza el fin de la ocupación.
En 1921, el Congreso de las Juntas Patrióticas reunido en San Pedro del Macoris, envió un mensaje de agradecimiento especial a Yrigoyen, y al recuperar la completa independencia en 1925, la ciudad de Santo Domingo honró al presidente argentino imponiéndole su nombre a una calle céntrica.
El acontecimiento fue mucho más que un noble y atrevido gesto diplomático. El saludo al pabellón dominicano fue un hecho político, consciente y premeditado con el que Hipólito Yrigoyen señaló su profunda visión americanista, reconocida y honrada hoy por todo el concierto de naciones del mundo.
El presidente uruguayo Baltasar Brum dispuso que el féretro que contenía los restos de Nervo fuese trasladado de Montevideo a Veracruz en el crucero Uruguay; el presidente argentino Hipólito Yrigoyen decidió que el crucero 9 de Julio lo escoltara.
Las diligencias de traslado y entrega de los restos mortales del vate a su Patria de origen fueron cumplimentadas pero al regreso a la Argentina el buque tenía instrucciones de tocar puerto en Santo Domingo, República Dominicana que desde 1916 estaba militarmente ocupada por tropas de los Estados Unidos.
Al advertir que en la fortaleza Ozama no flameaba la bandera dominicana sino la de las fuerzas de ocupación el comandante del crucero argentino consultó a las autoridades de su gobierno acerca de cuál bandera debía saludar el buque. La respuesta provino directamente del presidente Yrigoyen, y era terminante: "Id y saludad al pabellón dominicano en reconocimiento a su independencia y soberanía". El 20 de enero, el 9 de Julio fondeó frente a Santo Domingo y saludó izando a tope el pabellón dominicano.
Las memorias dicen que los pobladores cosieron de apuro con grandes trozos de tela la bandera dominicana, y que la izaron en el torreón de la fortaleza; el 9 de Julio respondió con una salva de veintiún cañonazos. El pueblo se lanzó a las calles, olvidando las prohibiciones impuestas por las tropas de ocupación, las que pidieron instrucciones a Washington y ese mismo día recibieron una sensata y conciliadora respuesta: responder los saludos con las salvas de práctica.
Ante la difusión internacional que tuvo el suceso, Washington resolvió de inmediato cablegrafiar a Santo Domingo para que fueran levantadas las disposiciones que conculcaban la libertad de expresión oral y escrita de los dominicanos. Aprovechando el nuevo clima de relativa distensión contituyeron Juntas Patrióticas que exigieron con firmeza el fin de la ocupación.
En 1921, el Congreso de las Juntas Patrióticas reunido en San Pedro del Macoris, envió un mensaje de agradecimiento especial a Yrigoyen, y al recuperar la completa independencia en 1925, la ciudad de Santo Domingo honró al presidente argentino imponiéndole su nombre a una calle céntrica.
El acontecimiento fue mucho más que un noble y atrevido gesto diplomático. El saludo al pabellón dominicano fue un hecho político, consciente y premeditado con el que Hipólito Yrigoyen señaló su profunda visión americanista, reconocida y honrada hoy por todo el concierto de naciones del mundo.
El
problema de la UCR
es de identidad. En estos años su dirigencia ha incurrido en
toda clase de claudicaciones políticas y doctrinarias, entre ellas conformar alianzas y frentes electorales sin coherencia ideológica, siendo que una de las
mejores tradiciones de la UCR fue su actitud contraria a los pactos. Ello no
debe confundirse con falta de diálogo entre partidos y búsqueda de consensos en
materia de políticas públicas.
La
razón de ser de la UCR fue la negativa a aceptar la componenda electoral entre
Mitre y Roca en 1891: “Soy radical contra el acuerdo”, afirmó Leandro Alem
entonces.
La
tesitura antiacuerdista consiste en una concepción ética para el radicalismo ya
que un entendimiento de estas características se hace únicamente para lograr el
éxito electoral y el acceso a cargos públicos prescindiendo de las naturales y
lógicas diferencias que separan a los partidos políticos. Todo eso constituye
una actitud irrespetuosa para con los afiliados que se incorporaron atraídos por
el ideario de su filosofía política.
Pocas
veces en sus más de 120 años de historia la UCR se alejó de esta norma de
conducta: en 1946 para constituir la Unión Democrática que
enfrentó a Perón, y en 1999 para formar la Alianza que desplazó al menemismo. En
el primer caso, no alcanzó para triunfar. En el segundo si bien triunfó
electoralmente, fue un fracaso en el gobierno. Ambas experiencias fueron
traumáticas no solamente para el partido sino para la
sociedad.
Cuando
la UCR fue coherente ideológicamente y consecuente con su doctrina pudo perder
elecciones, pero cuando las ganó (1916,1922,1928,1963, 1983) llevó adelante
gobiernos ejemplares que ejecutaron programas orientados al bien común de los
ciudadanos, al desarrollo y a la dignidad de la
Nación.
Desandar
el camino de sus principios liminares trajo consecuencias funestas que aún hoy
sufre la UCR, que debería retomar la senda que la convirtió en un gran partido
nacional.
Vicepresidente
del Instituto
Nacional Yrigoyenano.
Convencional
Nacional de la UCR
Cuando ingresó en el viejo bodegón bar La Buena Medida de Suarez y Caboto, justo frente a donde nació el Club Atlético Boca Júniors, una especie de mágico halo nos envolvió a todos.
Llegó acompañado de dos entrañables amigos: Fabio Zerpa y Arturo Famulari, su médico neurólogo y artífice del encuentro.
Atendidos exquisitamente como es costumbre por el propietario del local, Tony Schiavone, almorzamos albondigas con puré, hablamos de tango, de historia rioplatense y hasta recito algunos poemas, no sin emocionarse.
Con su habitual calidez, y por mi condición de boquense, me invito a brindar una charla en el Cuadro de Amigos de la Academia Nacional del Tango sobre el tema La Boca en el tango y el tango en La Boca, retomando el compromiso del verdadero conferencista invitado, entonces recientemente fallecido, el amigo Ruben Rodriguez Ponziolo.
La charla en la Academia finalmente se concretó el 14 de abril pasado y tuve el honor que el maestro la escuchara sentado en primera fila. Cuando finalizó y baje del estrado a saludarlo para agradecerle, con entrañable sencillez y generosidad me dijo: "nos ha tenido en vilo una hora, no volaba una mosca".
Mi más cálido y agradecido recuerdo al gran Horacio Ferrer
Diego Barovero
Con motivo del Día Nacional del Tango, que se celebra el 11 de diciembre de todos los años por el aniversario del natalicio de Carlos Gardel, haremos una somera referencia a los orígenes de nuestra música ciudadana en el ámbito geográfico que según mentan fue donde se oyeron y bailaron los primeros compases: el barrio de La Boca.
Cafetines, bares, bodegones, fueron en La
Boca centro de su activa vida social y cultural. Los hubo de todo tipo y
condición: los que se encendían por las noches cuando el tango recién se iniciaba ; los que congregaban tertulias de intelectuales, artistas y
políticos; los de dudosa moral que permitían apostar unos pesos y cambiar la
suerte con el juego. Situados en su gran mayoría en las inmediaciones del eje
constituído por la avenida Pedro de Mendoza, la avenida Almirante Brown y la
calle Necochea, fueron testigos de tantas historias como la multiplicidad de
hombres y mujeres que llegaron hasta el Riachuelo. Y no pocos historiadores y
memoriosos afirman que al amparo de esos locales nació el tango en esa
barriada.
En Necochea y Brandsen, estaba el Café
Azul frecuentado por afrodescendientes y correntinos en su gran mayoría, fue el
primero en contar con una orquesta en sus instalaciones. En diagonal al mismo,
Juan Filiberti apodado “Mascarilla”-padre de uno de los más significativos exponentes de esa música en estas tierras- regenteaba su propia casa de baile muy
popular por aquella época. En 1876 abrió sus puertas el “Bailetín de Tancredi”
en Olavarria al 200 casi Necochea, siendo uno de los primeros lugares donde
comenzó a perfilarse el tango como género musical. Dicen que su propietario le
cobraba a los bailarines cinco centavos la pieza y para que ninguno bailara sin
pagar, la cobranza la hacía con una mano mientras en la otra empuñaba un
trabuco. Frente al “Tancredi” estaba el “Bailetín de Nani”
El cruce mítico
de las emblemáticas Necochea y Suárez vió su esplendor cuando las cuatro
ochavas fueron ocupadas por sendos bares donde se tocaba tango. Uno de ellos
fue el Café Royal, llamado también Café del Griego, donde camareras vestidas de
negro con delantal blanco servían el "café a la turca", que dejaba
una borra espesa en el fondo del pocillo. Francisco Canaro, recordado músico,
compositor y director de orquesta tuvo su primer contrato en ese local en 1908.
Allí mismo en 1909 Eduardo Arolas estrenó su primer tango “Una noche de
garufa”. El Café La Marina estaba a la vuelta en Suárez 275. Allí se había
mudado “El Tano” Genaro Espósito con un trío que completaban Agustín Bardi
en piano y José “el tuerto” Camarano en guitarra. El Café Bar La Popular,
ubicado en otra de las ochavas se caracterizaba por la presencia de hermosas
mujeres que eran las preferidas de
los marineros y su bella propietaria sufría por el amor no correspondido de
Eduardo Arolas
Muy cerca de
allí, en Necochea y Brandsen, el 8 de marzo de 1885 nació el máximo paradigma boquense de la música tanguera Juan de Dios Filiberto. Músico, compositor y director de
orquesta, creador de piezas inolvidables como Caminito, El Pañuelito, Malevaje,
Quejas de Bandoneón, La Vuelta de Rocha, entre muchísimas otras, que vivió toda su vida en La Boca
hasta el 11 de noviembre de 1964, conmemorándose el cincuentenario de su
fallecimiento.
En 1905 abrió sus
puertas el célebre Bar Roma, aún hoy situado en Olavarria y Almirante Brown. Visitado
por personajes emblemáticos como Alfredo Palacios Benito Quinquela Martín y Juan de Dios
Filiberto, también sirvió de escenario para que un dúo compuesto por los muy
jóvenes y desconocidos Carlos Gardel y José Razzano actuaran en La Boca. La milonga de Enrique
Cadícamo recuerda el hito en su poema “El morocho y el oriental”:
Diego Barovero
Junto al maestro Horacio Ferrer en un rincón mítico de La Boca, el bar La Buena Medida de Suárez y Caboto
Un 8 de mayo de 1885 en una casa sencilla ubicada al 200 de la calle Necochea nació el niño Oscar Juan de Dios Filiberti, que con el tiempo se convirtió en uno de los más geniales y representativos creadores musicales argentinos bajo el nombre de Juan De Dios Filiberto.
Fue el mayor de ocho hermanos en aquella típica familia conformada por descendientes de inmigrantes y criollos, y desde pequeño debió colaborar con el sustento familiar desempeñándose en variadísimos oficios como estibador, oficial de panadería, albañil, mecánico, vendedor ambulante, lustrabotas y calderero en la compañía naviera Mihanovich. Las necesidades familiares y de sus semejantes lo identificaron desde joven con las ideas anarquistas, lo que lo llevó a ser uno de los organizadores de las huelgas de astilleros de 1907.
El propio Filiberto solía contar que su vocación por la música comenzó a sus seis años cuando el padre - el célebre "Mascarilla" que regenteaba un cafetín en Brandsen y Necochea - lo llevó de viaje a Lobos donde escucharon unos tangos en "La Estrella", el legendario local donde se decía que fue asesinado Juan Moreira; su tío, Santiago, tocaba ahí el organito y, de tanto en tanto, lo dejaba dar unas vueltas a la manivela.
Luego de una fallida incursión en la educación plástica en su temprana juventud, comenzó sus estudios musicales con los maestros Celestino Piaggio y César Stiatessi en solfeo, piano y violín, luego con Rodríguez Castro toma clases de armonía e ingresa, más tarde, al Conservatorio Nacional de Música de Buenos Aires, dirigido en ese entonces por Alberto Williams. Allí se perfecciono en piano y contrapunto bajo la atenta mirada del Maestro Fornarini y del mismo Williams. Fue compositor y director de orquesta, además de hábil interprete de piano, guitarra, violín y armonio, instrumento con el cual creo gran parte de su repertorio.
Estando en Mendoza compuso, en estilo campero, su primer tango, Guaymallén. De regreso a Buenos Aires siguió componiendo, Cura segura, De mi tierra, Cuando llora la milonga, El pañuelito, Clavel del aire, Malevaje y Quejas de bandoneón, este último celebrado como su mejor tango, son algunas de sus magníficas composiciones. Pero sin duda su composición más conocida fue Caminito; con versos de Gabino Coria Peñaloza.
De espíritu siempre renovador Filiberto, en 1932, creó una nueva modalidad orquestal que llamó orquesta porteña y que integró con clarinetes y flautas. Con esa orquesta dio recitales en el Café Tortoni
- de cuya legendaria Peña fue fundador junto a su entrañable amigo Benito Quinquela Martín- y en el teatro Cómico, animó la temporada marplatense de 1933 y participó en la película Tango, de Carlos de la Púa y Luis Moglia Barth. Carlos GARDEL, le grabo mas de quince de sus obras siendo las más afamadas Yo te bendigo, Caminito y Malevaje.
Su carrera como director de orquestas oficiales municipales y nacionales, comenzó con su "Orquesta Porteña", de la cual han quedado muy pocos registros. En 1938 dirige la "Orquesta Popular de Arte Folklórico" y en 1948, la “Orquesta de Música Popular”, perteneciente al Ministerio de Educación de la Nación, donde su batuta tutela a cuarenta músicos. Hacia 1956, este conjunto funciona con el nombre de "Orquesta de Música Argentina y de Cámara" y a su muerte es denominada “Orquesta de Juan de Dios Filiberto de Música Argentina y de Cámara". Finalmente y por Decreto Presidencial, en 1973 es rebautizada "Orquesta Nacional de Música Argentina Juan de Dios Filiberto ". Filiberto fue activo defensor de los derechos de autor y su Ley de protección –la 11.723– del año 1933. Fue fundador de una sociedad de autores nacional que es la actual Sociedad Argentina de Autores y Compositores de Música (SADAIC) y en 1936 queda inscripto como "Socio Fundador”.
El 11 de noviembre de 1964 Juan de Dios Filiberto falleció en su magnífica casa de la calle Magallanes al 1000 cuyo frente había decorado su amigo de siempre, don Benito Quinquela Martín y la que el barrio de La Boca espera recuperar para su patrimonio como escuela museo.
Diego BAROVERO
Fue el mayor de ocho hermanos en aquella típica familia conformada por descendientes de inmigrantes y criollos, y desde pequeño debió colaborar con el sustento familiar desempeñándose en variadísimos oficios como estibador, oficial de panadería, albañil, mecánico, vendedor ambulante, lustrabotas y calderero en la compañía naviera Mihanovich. Las necesidades familiares y de sus semejantes lo identificaron desde joven con las ideas anarquistas, lo que lo llevó a ser uno de los organizadores de las huelgas de astilleros de 1907.
El propio Filiberto solía contar que su vocación por la música comenzó a sus seis años cuando el padre - el célebre "Mascarilla" que regenteaba un cafetín en Brandsen y Necochea - lo llevó de viaje a Lobos donde escucharon unos tangos en "La Estrella", el legendario local donde se decía que fue asesinado Juan Moreira; su tío, Santiago, tocaba ahí el organito y, de tanto en tanto, lo dejaba dar unas vueltas a la manivela.
Luego de una fallida incursión en la educación plástica en su temprana juventud, comenzó sus estudios musicales con los maestros Celestino Piaggio y César Stiatessi en solfeo, piano y violín, luego con Rodríguez Castro toma clases de armonía e ingresa, más tarde, al Conservatorio Nacional de Música de Buenos Aires, dirigido en ese entonces por Alberto Williams. Allí se perfecciono en piano y contrapunto bajo la atenta mirada del Maestro Fornarini y del mismo Williams. Fue compositor y director de orquesta, además de hábil interprete de piano, guitarra, violín y armonio, instrumento con el cual creo gran parte de su repertorio.
Estando en Mendoza compuso, en estilo campero, su primer tango, Guaymallén. De regreso a Buenos Aires siguió componiendo, Cura segura, De mi tierra, Cuando llora la milonga, El pañuelito, Clavel del aire, Malevaje y Quejas de bandoneón, este último celebrado como su mejor tango, son algunas de sus magníficas composiciones. Pero sin duda su composición más conocida fue Caminito; con versos de Gabino Coria Peñaloza.
De espíritu siempre renovador Filiberto, en 1932, creó una nueva modalidad orquestal que llamó orquesta porteña y que integró con clarinetes y flautas. Con esa orquesta dio recitales en el Café Tortoni
- de cuya legendaria Peña fue fundador junto a su entrañable amigo Benito Quinquela Martín- y en el teatro Cómico, animó la temporada marplatense de 1933 y participó en la película Tango, de Carlos de la Púa y Luis Moglia Barth. Carlos GARDEL, le grabo mas de quince de sus obras siendo las más afamadas Yo te bendigo, Caminito y Malevaje.
Su carrera como director de orquestas oficiales municipales y nacionales, comenzó con su "Orquesta Porteña", de la cual han quedado muy pocos registros. En 1938 dirige la "Orquesta Popular de Arte Folklórico" y en 1948, la “Orquesta de Música Popular”, perteneciente al Ministerio de Educación de la Nación, donde su batuta tutela a cuarenta músicos. Hacia 1956, este conjunto funciona con el nombre de "Orquesta de Música Argentina y de Cámara" y a su muerte es denominada “Orquesta de Juan de Dios Filiberto de Música Argentina y de Cámara". Finalmente y por Decreto Presidencial, en 1973 es rebautizada "Orquesta Nacional de Música Argentina Juan de Dios Filiberto ". Filiberto fue activo defensor de los derechos de autor y su Ley de protección –la 11.723– del año 1933. Fue fundador de una sociedad de autores nacional que es la actual Sociedad Argentina de Autores y Compositores de Música (SADAIC) y en 1936 queda inscripto como "Socio Fundador”.
El 11 de noviembre de 1964 Juan de Dios Filiberto falleció en su magnífica casa de la calle Magallanes al 1000 cuyo frente había decorado su amigo de siempre, don Benito Quinquela Martín y la que el barrio de La Boca espera recuperar para su patrimonio como escuela museo.
Diego BAROVERO
La Boca del Riachuelo ha dado por siglo y medio tema, motivo y exponentes a las artes plásticas en forma incesante.
La escuela que fundara el maestro Alfredo Lázzari alcanzó su cenit en figuras notables como Quinquela Martín, Lacámera, Diomede, Tiglio, entre muchos otros. La Agrupación Impulso próxima a cumplir setenta y cinco años de labor en las artes y las letras, exhibe orgullosa su fructífero aporte a esta trayectoria.
Pero afortunadamente para la pintura, no se agotó en ellos y fue encontrando la forma de pervivir a los tiempos a través de la obra de muchísimos y valiosos artistas entre los que destaca por su particular y sutil estilo Víctor Fernández.
Brillante exponente de una joven generación de pintores que hunde sus raíces en la profundidad de las mejores tradiciones boquenses, su obra, exhibida en la muestra "Chapa, madera y corazón. El barrio de las casas con alma" que lucen orgullosas las paredes de la Agrupación Impulso -en cuyo ambiente formóse en sus comienzos obteniendo uno de sus primeros premios- es cabal expresión de su sensibilidad artística y de su compromiso con un legado al que honra con creces desde hace tiempo, antaño como curador y hogaño como director del Museo de Bellas Artes Benito Quinquela Martín, donde desarrolla su labor de gestor cultural con dedicación y esmero dignos de reconocimiento.
En cada uno de sus cuadros Víctor Fernández expresa una íntima y apasionada declaración de amor al barrio de La Boca.
Diego Barovero
(Discurso pronunciado en el acto del Colegio Nacional de Buenos Aires en oportunidad del 163° aniversario del fallecimiento del General Don José de San Martín)
A fines del siglo XVIII la corona española decide expulsar de América a los jesuitas y casi al mismo tiempo crea el Virreinato del Río de la Plata, en el extremo litoral la población del área conocida como Las Misiones en terrenos ganados a la selva no superaba las 90 mil almas. Precisamente una de ellas es Yapeyú, lugar de nacimiento de nuestro héroe José de San Martín un 25 de febrero de 1778, nieto de un famoso general español que atravesó el Chaco en memorable recorrido e hijo del entonces teniente gobernador del lugar. Vivía la familia en el antiguo colegio de los jesuitas y en 1796 regresarían a España en momentos en que arde Europa ante la presencia napoleónica y la circulación de las ideas revolucionarias. José y otros dos hermanos varones cumplirían el mandato familiar como soldados del rey de
España, pero nuestro San Martín cumplida su instrucción y su iniciática acción militar en la tierra de sus ancestros, quizá conservando en su retina aquellas imágenes de su infancia en lejanas tierras, pero más aún por un sentimiento de convicción revolucionaria que anidó siempre en su espíritu sentirá suya la revolución americana sobreponiéndose a la historia española que por cuna y tradición se le imponían.
Dice Mitre en su Historia: “San Martín, al regresar a la paria, era un hombre oscuro y desvalido, que no tenía más fortuna que la espada ni más reputación que la de un valiente soldado y un buen táctico”. Fue extraño el influjo que lo lleva a adoptar su inquebrantable decisión de prestar su espada y su ingenio para la liberación del continente.
¿Cómo abordar la figura multifacética de San Martín desde la cultura de este siglo XXI sin caer en exageraciones ni simplificaciones? ¿Como el héroe providencial? ¿Como el Padre de la Patria que nos enseñaron en los festejos escolares? ¿Como figura de corte castrense por influencia cultural en un país de tradición militarista que se impuso por la fuerza a la legalidad constitucional? ¿Como hombre de gobierno a partir de su acción gubernativa en la provincia de Cuyo y posteriormente en los inicios del Perú independiente? ¿Como estadista de visión continental que entendió que debía afrontar notables sacrificios que aseguraran el éxito final de la empresa libertadora? ¿Como punto de referencia inicial de un proyecto auténticamente liberador, nacional y democrático?
En la obra de San Martín encontramos el fundamento y apoyo del proceso independentista que – de no ser por su oportuna y acertada participación – quizá no se hubiera concretado.
De allí que el derrotero de la definitiva independencia de nuestra Patria esté íntima y definitivamente relacionado con la misión sanmartiniana.
Ejemplo de ello es la campaña de San Martín en Cuyo en procura de constituir un ejército que liberara a Chile y por mar llegar a Perú.
España, pero nuestro San Martín cumplida su instrucción y su iniciática acción militar en la tierra de sus ancestros, quizá conservando en su retina aquellas imágenes de su infancia en lejanas tierras, pero más aún por un sentimiento de convicción revolucionaria que anidó siempre en su espíritu sentirá suya la revolución americana sobreponiéndose a la historia española que por cuna y tradición se le imponían.
Dice Mitre en su Historia: “San Martín, al regresar a la paria, era un hombre oscuro y desvalido, que no tenía más fortuna que la espada ni más reputación que la de un valiente soldado y un buen táctico”. Fue extraño el influjo que lo lleva a adoptar su inquebrantable decisión de prestar su espada y su ingenio para la liberación del continente.
¿Cómo abordar la figura multifacética de San Martín desde la cultura de este siglo XXI sin caer en exageraciones ni simplificaciones? ¿Como el héroe providencial? ¿Como el Padre de la Patria que nos enseñaron en los festejos escolares? ¿Como figura de corte castrense por influencia cultural en un país de tradición militarista que se impuso por la fuerza a la legalidad constitucional? ¿Como hombre de gobierno a partir de su acción gubernativa en la provincia de Cuyo y posteriormente en los inicios del Perú independiente? ¿Como estadista de visión continental que entendió que debía afrontar notables sacrificios que aseguraran el éxito final de la empresa libertadora? ¿Como punto de referencia inicial de un proyecto auténticamente liberador, nacional y democrático?
En la obra de San Martín encontramos el fundamento y apoyo del proceso independentista que – de no ser por su oportuna y acertada participación – quizá no se hubiera concretado.
De allí que el derrotero de la definitiva independencia de nuestra Patria esté íntima y definitivamente relacionado con la misión sanmartiniana.
Ejemplo de ello es la campaña de San Martín en Cuyo en procura de constituir un ejército que liberara a Chile y por mar llegar a Perú.
Ambas cuestiones, la declaración de la Independencia y la actuación americana de San Martín se enlazan estrechamente y son de particular relevancia para comprender nuestra trayectoria histórica y para asociar como corresponde estos hechos a nuestro sentido de identidad nacional y americana. Ambos son interdependientes y no deben ni pueden ser vistos separadamente.
La conmemoración de la muerte del general San Martín el 17 de agosto tomó a lo largo del siglo XX una tradición que se consustancia fundamentalmente con lo castrense. Desde la recuperación de la democracia que cumplirá en pocos meses una feliz continuidad de treinta años fue necesario ir dotando la efemérides de atributos cívicos que, además de glorificar al eximio hombre de armas que fue San Martín, permitieran registrar sus cualidades personales, culturales y políticas, que lo muestran en una dimensión aún más relevante y significativa.
En efecto, hay una convención o acuerdo con su figura en el sentido de reconocerlo como Padre de la Patria, y no hay historiador que se haya atrevido con su simbología.
La fecha que se elige, es la cifra de muchas otras, como en el caso de Belgrano, porque suma avances y retrocesos, heroísmos y fracasos, adhesiones y rechazos, pero en definitiva marca un camino seguro en el destino americano, el de forjar la independencia de las naciones nuevas.
La figura de San Martín resulta así agigantada, no sólo por sus acciones militares sino también por su preocupación en el exilio por proteger nuestro destino independiente.
Aquí habría mucho más que agregar, y sobre todo referido a la unidad continental, fundiendo su gestión con la de Simón Bolívar en la lucha contra el común enemigo español, dando la verdadera dimensión ciclópea de su determinación para vencer a la naturaleza en el paso de los Andes que fue una auténtica odisea y recorrer por mar el camino para atacar el corazón de la resistencia goda.
La tradicional apatía e ignorancia que respecto de la gesta bolivariana impuso oportunamente cierto discurso oficial, que consta también en las interpretaciones de nuestros primeros historiadores, en buena hora que sea revisada y corregida para dimensionar la verdadera realidad americana en la que San Martín cumplió un rol fundacional.
San Martín no sólo sale de esa confrontación engrandecido, sino pleno de sentido en todo su accionar, en su determinación de seguir el plan de guerra, y en su renuncia final, ante el juego de poder en el que con generosidad e inteligencia no busca imponerse. Esta es una veta que es necesario explorar, y que dará calibre y densidad a ese héroe americano que ha sido San Martín, pero para ello será bueno dejar de lado la retórica y retomar, paso a paso, sus actuaciones y su dimensión de argentino que pulsó todas las cautelas y los temores de nuestra nación incipiente, sin rebajar su entusiasmo y poniendo siempre la voz de aliento y de concordia que la historia refrenda en un desapasionado registro actual.
Tanto la fecha sanmartiniana que evocamos el día de hoy, como la del 9 de julio, sólo adquieren significación en la medida que se remonta la óptica y la consecuencia al ámbito latinoamericano. Ninguna otra ocasión tiene esas mismas resonancias. Y por cierto que ambas están como decíamos estrechamente relacionadas.
Porque San Martín tiene toda la apostura del héroe de epopeya, no tanto por su decisión de tomar parte de la lucha por la independencia argentina, sino porque desde el primer momento lo vió como un movimiento de alcance continental. Y por eso mismo comprendió que los combates que había dirigido, con diversa suerte pero con auténtico heroísmo, el general Manuel Belgrano en el Alto Perú no habían sido decisivos no tanto por los avatares de los ejércitos y las geografías, como por la misma ubicación de la lucha, en lo que hoy se calificaría de ámbito geopolítico. El Alto Perú era un espacio que siempre había cuestionado su dependencia del Virreinato del Río de la Plata. De modo que la producción minera, el número y calidad de su población, y su conciencia de poderío lo hacían altamente autónomo con respecto a todas las demás regiones. San Martín llegó a verlo a Belgrano, maltrecho después de algunos combates, pero supo discernir dónde estaba el riesgo y la contrariedad. Respaldó totalmente a Belgrano – a quien juzgó como “el mejor que tenemos en la Patria” - pero a partir de esa inspección suya no hubo dudas: quien debía y podía seguir la lucha contra los españoles sólo podía ser el general Martín Miguel de Güemes y sus soldados gauchos, el único que mediante la guerra de guerrilla podía aprovechar el conocimiento del terreno y eludir la confrontación con ejércitos que las fuerzas criollas no estaban en grado de ofrecer. De ahí en más quedó a cargo de esos bravos la defensa del norte. Pero todavía quedaba el proyecto decisivo: cruzar los Andes, liberar a Chile y alcanzar por mar a los godos en el corazón de su poderío, el Perú de los virreyes que seguía sin enterarse siquiera de los esfuerzos libertadores emprendidos por las Provincias del sur y por las fuerzas de Bolívar en Nueva Granada. De modo que el riesgo y el diseño fue enteramente continental desde el vamos, y así solamente puede comprenderse que San Martín, mientras se empeña en preparar un ejército aguerrido y bien pertrechado en el próspero Cuyo que pone todo su esfuerzo en combinar eficacia y adiestramiento, en el mismo momento, escribe a los congresales reunidos en Tucumán y los urge sin miramientos a que se proclame la independencia de las Provincias Unidas, sin dilación y sin ambajes. La hora ha llegado y no caben los circunloquios. En eso estaban desde 1810, cuidando las expresiones, enalzando a Fernando VII como la figura del buen rey español en desgracia, retardando la exhibición de la bandera que ha creado Belgrano a orillas del Paraná para no concitar eventuales iras y por fin titubeando en una declaración tajante que quizás los enemistara con los poderes europeos que desde la derrota de Napoleón en Waterloo en 1815. Pero había que sacar fuerzas de la flaqueza, solamente reiterando la importancia de ser libres, seguridad y fuerza que se pierde en la medida que se contempla demasiado la ubicación de los poderes y se somete la decisión entera y valiente de ser libres. Es pues San Martín el hombre de la espada, la autoridad y la discreción, el más entusiasta defensor de que la lucha debe seguir a cara descubierta, sin máscaras ni tapujos, y a punta de espada si es necesario hacer frente al europeo represor. Porque ya a partir de la organización de los estados europeos, hay que esperar acciones conjuntas, decisiones meditadas y retempladas en la derrota de Napoleón el hombre más odiado por los poderes reales y todo aquello que pusiera en duda su legitimidad. La radicalización de la revolución es un hecho, como una especie de confirmación de la argentinidad y una refirmación de la vocación de ser América libre, conquistando la independencia política.
Es un momento dramático para los patriotas americanos, porque por doquier se está en repliegue ante el avance godo y porque los sucesos europeos restan la esperanza que hasta entonces los había nutrido. Pero por eso mismo es tan grande San Martín, en su vocación libertaria y de lucha, en su respaldo a la independencia clara y definitiva.
La rememoración de la gesta del cruce de los Andes, con los medios de la época y el protagonismo de todo un pueblo, será para siempre digno de venerar por la capacidad de planificación y dirección estratégica militar. Pero la confianza en el resultado de la lucha, su definición de los objetivos, su diafanidad de miras, es sin duda su gloria más imperecedera, y la que lo acompañará hasta su muerte.
El hecho de que después de proclamar la independencia del Perú, San Martín decida abandonar la finalización de la gesta de armas a cargo del otro gran libertador que fue Bolívar, será siempre un tema en debate, en la medida que la estrechez de miras de generaciones posteriores no supo o no quiso ver que las opciones de un buen ciudadano son muchas, frente a las encrucijadas de su patria y a su participación en el destino común.
Aurora Ravina que por muchos años enseñó historia en este Colegio, sostiene que “San Martín concita el respeto y reconocimiento unámine de los argentinos tan proclives a buscar la antinomia y la confrontación, porque su acción militar y su lucidez política, libre de ambiciones personales espurias, puestas al servicio de la libertad de su país y de América hispana, permiten reconocerlo como un símbolo de la consolidación de los ideales contenidos en los acontecimientos fundadores del decenio de 1810”.
Y Ricardo Rojas escribe que hay en San Martín “una gloria mayor que la de haberse medido con la montaña y con el mar, o haber vencido a las armas españolas con soldados que sacó de la nada. Esa otra gloria más grande es la virtud excepcional en un guerrero, de haber sabido vencerse a sí mismo, haber renunciado a los ascensos, los honores y los premios del triunfo y de haber sabido sobreponerse a la adversidad cuando se eclipsó su estrella”.
Sin duda concordamos con ello y agregamos que la historia minuciosa rescata en el San Martín del ocaso una entrega apasionada a la defensa americana, y en ese mismo sentido seguirá velando por su patria y revalorando la conducta de los gobernantes ante el asedio imperialista europeo.
Los argentinos tenemos que aprender a ver el proceso de la independencia americana como algo que nos ha sido común y sigue siéndolo en la misma medida que tenemos que lograr la plena identificación del ideario que alimentó aquellos días que fijaron nuestra pertenencia como americanos libres.
La conmemoración de la muerte del general San Martín el 17 de agosto tomó a lo largo del siglo XX una tradición que se consustancia fundamentalmente con lo castrense. Desde la recuperación de la democracia que cumplirá en pocos meses una feliz continuidad de treinta años fue necesario ir dotando la efemérides de atributos cívicos que, además de glorificar al eximio hombre de armas que fue San Martín, permitieran registrar sus cualidades personales, culturales y políticas, que lo muestran en una dimensión aún más relevante y significativa.
En efecto, hay una convención o acuerdo con su figura en el sentido de reconocerlo como Padre de la Patria, y no hay historiador que se haya atrevido con su simbología.
La fecha que se elige, es la cifra de muchas otras, como en el caso de Belgrano, porque suma avances y retrocesos, heroísmos y fracasos, adhesiones y rechazos, pero en definitiva marca un camino seguro en el destino americano, el de forjar la independencia de las naciones nuevas.
La figura de San Martín resulta así agigantada, no sólo por sus acciones militares sino también por su preocupación en el exilio por proteger nuestro destino independiente.
Aquí habría mucho más que agregar, y sobre todo referido a la unidad continental, fundiendo su gestión con la de Simón Bolívar en la lucha contra el común enemigo español, dando la verdadera dimensión ciclópea de su determinación para vencer a la naturaleza en el paso de los Andes que fue una auténtica odisea y recorrer por mar el camino para atacar el corazón de la resistencia goda.
La tradicional apatía e ignorancia que respecto de la gesta bolivariana impuso oportunamente cierto discurso oficial, que consta también en las interpretaciones de nuestros primeros historiadores, en buena hora que sea revisada y corregida para dimensionar la verdadera realidad americana en la que San Martín cumplió un rol fundacional.
San Martín no sólo sale de esa confrontación engrandecido, sino pleno de sentido en todo su accionar, en su determinación de seguir el plan de guerra, y en su renuncia final, ante el juego de poder en el que con generosidad e inteligencia no busca imponerse. Esta es una veta que es necesario explorar, y que dará calibre y densidad a ese héroe americano que ha sido San Martín, pero para ello será bueno dejar de lado la retórica y retomar, paso a paso, sus actuaciones y su dimensión de argentino que pulsó todas las cautelas y los temores de nuestra nación incipiente, sin rebajar su entusiasmo y poniendo siempre la voz de aliento y de concordia que la historia refrenda en un desapasionado registro actual.
Tanto la fecha sanmartiniana que evocamos el día de hoy, como la del 9 de julio, sólo adquieren significación en la medida que se remonta la óptica y la consecuencia al ámbito latinoamericano. Ninguna otra ocasión tiene esas mismas resonancias. Y por cierto que ambas están como decíamos estrechamente relacionadas.
Porque San Martín tiene toda la apostura del héroe de epopeya, no tanto por su decisión de tomar parte de la lucha por la independencia argentina, sino porque desde el primer momento lo vió como un movimiento de alcance continental. Y por eso mismo comprendió que los combates que había dirigido, con diversa suerte pero con auténtico heroísmo, el general Manuel Belgrano en el Alto Perú no habían sido decisivos no tanto por los avatares de los ejércitos y las geografías, como por la misma ubicación de la lucha, en lo que hoy se calificaría de ámbito geopolítico. El Alto Perú era un espacio que siempre había cuestionado su dependencia del Virreinato del Río de la Plata. De modo que la producción minera, el número y calidad de su población, y su conciencia de poderío lo hacían altamente autónomo con respecto a todas las demás regiones. San Martín llegó a verlo a Belgrano, maltrecho después de algunos combates, pero supo discernir dónde estaba el riesgo y la contrariedad. Respaldó totalmente a Belgrano – a quien juzgó como “el mejor que tenemos en la Patria” - pero a partir de esa inspección suya no hubo dudas: quien debía y podía seguir la lucha contra los españoles sólo podía ser el general Martín Miguel de Güemes y sus soldados gauchos, el único que mediante la guerra de guerrilla podía aprovechar el conocimiento del terreno y eludir la confrontación con ejércitos que las fuerzas criollas no estaban en grado de ofrecer. De ahí en más quedó a cargo de esos bravos la defensa del norte. Pero todavía quedaba el proyecto decisivo: cruzar los Andes, liberar a Chile y alcanzar por mar a los godos en el corazón de su poderío, el Perú de los virreyes que seguía sin enterarse siquiera de los esfuerzos libertadores emprendidos por las Provincias del sur y por las fuerzas de Bolívar en Nueva Granada. De modo que el riesgo y el diseño fue enteramente continental desde el vamos, y así solamente puede comprenderse que San Martín, mientras se empeña en preparar un ejército aguerrido y bien pertrechado en el próspero Cuyo que pone todo su esfuerzo en combinar eficacia y adiestramiento, en el mismo momento, escribe a los congresales reunidos en Tucumán y los urge sin miramientos a que se proclame la independencia de las Provincias Unidas, sin dilación y sin ambajes. La hora ha llegado y no caben los circunloquios. En eso estaban desde 1810, cuidando las expresiones, enalzando a Fernando VII como la figura del buen rey español en desgracia, retardando la exhibición de la bandera que ha creado Belgrano a orillas del Paraná para no concitar eventuales iras y por fin titubeando en una declaración tajante que quizás los enemistara con los poderes europeos que desde la derrota de Napoleón en Waterloo en 1815. Pero había que sacar fuerzas de la flaqueza, solamente reiterando la importancia de ser libres, seguridad y fuerza que se pierde en la medida que se contempla demasiado la ubicación de los poderes y se somete la decisión entera y valiente de ser libres. Es pues San Martín el hombre de la espada, la autoridad y la discreción, el más entusiasta defensor de que la lucha debe seguir a cara descubierta, sin máscaras ni tapujos, y a punta de espada si es necesario hacer frente al europeo represor. Porque ya a partir de la organización de los estados europeos, hay que esperar acciones conjuntas, decisiones meditadas y retempladas en la derrota de Napoleón el hombre más odiado por los poderes reales y todo aquello que pusiera en duda su legitimidad. La radicalización de la revolución es un hecho, como una especie de confirmación de la argentinidad y una refirmación de la vocación de ser América libre, conquistando la independencia política.
Es un momento dramático para los patriotas americanos, porque por doquier se está en repliegue ante el avance godo y porque los sucesos europeos restan la esperanza que hasta entonces los había nutrido. Pero por eso mismo es tan grande San Martín, en su vocación libertaria y de lucha, en su respaldo a la independencia clara y definitiva.
La rememoración de la gesta del cruce de los Andes, con los medios de la época y el protagonismo de todo un pueblo, será para siempre digno de venerar por la capacidad de planificación y dirección estratégica militar. Pero la confianza en el resultado de la lucha, su definición de los objetivos, su diafanidad de miras, es sin duda su gloria más imperecedera, y la que lo acompañará hasta su muerte.
El hecho de que después de proclamar la independencia del Perú, San Martín decida abandonar la finalización de la gesta de armas a cargo del otro gran libertador que fue Bolívar, será siempre un tema en debate, en la medida que la estrechez de miras de generaciones posteriores no supo o no quiso ver que las opciones de un buen ciudadano son muchas, frente a las encrucijadas de su patria y a su participación en el destino común.
Aurora Ravina que por muchos años enseñó historia en este Colegio, sostiene que “San Martín concita el respeto y reconocimiento unámine de los argentinos tan proclives a buscar la antinomia y la confrontación, porque su acción militar y su lucidez política, libre de ambiciones personales espurias, puestas al servicio de la libertad de su país y de América hispana, permiten reconocerlo como un símbolo de la consolidación de los ideales contenidos en los acontecimientos fundadores del decenio de 1810”.
Y Ricardo Rojas escribe que hay en San Martín “una gloria mayor que la de haberse medido con la montaña y con el mar, o haber vencido a las armas españolas con soldados que sacó de la nada. Esa otra gloria más grande es la virtud excepcional en un guerrero, de haber sabido vencerse a sí mismo, haber renunciado a los ascensos, los honores y los premios del triunfo y de haber sabido sobreponerse a la adversidad cuando se eclipsó su estrella”.
Sin duda concordamos con ello y agregamos que la historia minuciosa rescata en el San Martín del ocaso una entrega apasionada a la defensa americana, y en ese mismo sentido seguirá velando por su patria y revalorando la conducta de los gobernantes ante el asedio imperialista europeo.
Los argentinos tenemos que aprender a ver el proceso de la independencia americana como algo que nos ha sido común y sigue siéndolo en la misma medida que tenemos que lograr la plena identificación del ideario que alimentó aquellos días que fijaron nuestra pertenencia como americanos libres.
En la segunda mitad del siglo XIX en el borde sudeste de la capital, en terrenos pantanosos y anegadizos, comenzó a formarse una aldea de características únicas e irrepetibles, con preponderancia de inmigrantes de diversas procedencias aunque, mayoritariamente italianos. Por su ubicación geográfica recibió el nombre La Boca del Riachuelo de los Navíos y en pocos años alcanzó un importante desarrollo social, económico y cultural pese a las adversas condiciones originarias.
El 23 de agosto de 1870 alcanzó su propia autonomía al crearse el Juzgado de Paz de La Boca del Riachuelo, motivo por el cual se instituyera el Día de La Boca por la ley 944, sancionada el 5 de diciembre de 2002 por la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
Y desde aquella margen del Riachuelo, en medio de la policromía de casas de madera y chapa surgió el barrio de mayor nombradía de Buenos Aires y Argentina en todo el mundo. Porque fue desde su origen tierra de pasiones con profunda raigambre.
La pintura y las bellas artes en general de la mano de Alfredo Lázzari, Benito Quinquela Martín, Fortunato Lacámera, Miguel C. Victorica, Miguel Diomede, Marcos Tiglio, Juan C. Miraglia y José L. Menghi.
El tango, consagrado en el arrabal de Súarez y Necochea, donde surgieron Juan de Dios Filiberto, Eduardo Arolas, Agustín Bardi, Juan Bautista Deambroggio, los hermanos Greco, Francisco Canaro y el mítico dúo Gardel-Razzano en Olavarría y Brown.
El fútbol y sus dos grandes y más populares escuadras River Plate – que se mudó de barrio- y Boca Juniors que sigue reinando al latido de la Bombonera de la Ribera.
La típica gastronomía xeneize, la fugazza con queso, la pizza de cancha, el fainá, los strascinatti al pesto que hicieron las delicias de propios y extraños.
Los carnavales con sus murgas y las fiestas religiosas y devociones a la Mandonna. El Puente Trasbordador enorme ícono barrial, Caminito y su teatro al aire libre, las cantinas de la calle Necochea...
La Boca es eso y mucho más, es alegría y es nostalgia. Es recuerdo y es compromiso. Es pasión y es fidelidad. Podría decirse que La Boca es eterna, parafraseando a Jorge Luis Borges, porque se hace cuento que alguna vez empezó. Quizá sea cierto aquello de Julián Centeya: “cuando vinieron a fundar La Boca…La Boca ya estaba”.
El 23 de agosto de 1870 alcanzó su propia autonomía al crearse el Juzgado de Paz de La Boca del Riachuelo, motivo por el cual se instituyera el Día de La Boca por la ley 944, sancionada el 5 de diciembre de 2002 por la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
Y desde aquella margen del Riachuelo, en medio de la policromía de casas de madera y chapa surgió el barrio de mayor nombradía de Buenos Aires y Argentina en todo el mundo. Porque fue desde su origen tierra de pasiones con profunda raigambre.
La pintura y las bellas artes en general de la mano de Alfredo Lázzari, Benito Quinquela Martín, Fortunato Lacámera, Miguel C. Victorica, Miguel Diomede, Marcos Tiglio, Juan C. Miraglia y José L. Menghi.
El tango, consagrado en el arrabal de Súarez y Necochea, donde surgieron Juan de Dios Filiberto, Eduardo Arolas, Agustín Bardi, Juan Bautista Deambroggio, los hermanos Greco, Francisco Canaro y el mítico dúo Gardel-Razzano en Olavarría y Brown.
El fútbol y sus dos grandes y más populares escuadras River Plate – que se mudó de barrio- y Boca Juniors que sigue reinando al latido de la Bombonera de la Ribera.
La típica gastronomía xeneize, la fugazza con queso, la pizza de cancha, el fainá, los strascinatti al pesto que hicieron las delicias de propios y extraños.
Los carnavales con sus murgas y las fiestas religiosas y devociones a la Mandonna. El Puente Trasbordador enorme ícono barrial, Caminito y su teatro al aire libre, las cantinas de la calle Necochea...
La Boca es eso y mucho más, es alegría y es nostalgia. Es recuerdo y es compromiso. Es pasión y es fidelidad. Podría decirse que La Boca es eterna, parafraseando a Jorge Luis Borges, porque se hace cuento que alguna vez empezó. Quizá sea cierto aquello de Julián Centeya: “cuando vinieron a fundar La Boca…La Boca ya estaba”.
Diego Barovero*
Junta Auténtica de Historia
y Cultura de La Boca del Riachuelo
Junta Auténtica de Historia
y Cultura de La Boca del Riachuelo
Si hay una figura capaz de representar al hombre como animal político sin duda es la de Ricardo Balbín, de cuyo nacimiento se cumplieron 110 años. Es que el ejemplo de Balbín, su actitud de entrega desinteresada a una causa, la lucha por un ideal, la constante honradez intelectual de decir lo que se piensa y actuar como se dice ha trascendido las fronteras caprichosas de las divisas partidarias.
En un tiempo en que la política y los políticos aparecen desprestigiados; en que los valores morales y la honradez son bienes escasos; en que la imposición suprime el diálogo y el pragmatismo se impone a la convicción; es bueno recordar a Balbín.
Toda la vida pública de Balbín está dominada por el concepto de la institucionalidad del partido político como vehículo insustituible de la representación democrática, sin el cual la sociedad es presa fácil de los totalitarismos de todo signo. Su máximo servicio a su partido, la UCR, fue precisamente mantenerlo cohesionado, articulado y en funcionamiento a lo largo y ancho de todo el país, contando con un caudal de sufragios populares nada despreciable. Si hubo un 30 de octubre de 1983 en que en comicios libres triunfó la UCR y su candidato Raúl Alfónsín, es porque la UCR llegó unida e incólume tras el largo período en que la condujo Ricardo Balbín.
Balbín fue un orador brillante que encarnó el sentimiento de una amplia porción de argentinos, radicales o no, que le reconocían el coraje cívico de decir las cosas por su nombre, aunque con un lenguaje florido, en el ambiente saturado de opresión y censura que caracterizó al primer peronismo. En un sistema en el que se privilegiaba la delación, la obsecuencia y la prepotencia que cercenaban la libertad de pensamiento y expresión de los ciudadanos, Ricardo Balbín parado sobre una improvisada tarima de madera en cualquier plaza pública, un micrófono y un par de altoparlantes era la encarnación de un anhelo de libertad . Capaz de denunciar con valentía la brutalidad oficial en la imposición de criterios e ideas, era sensible al reconocer la defensa del interés nacional y la satisfacción de las necesidades sociales por parte del peronismo.
Los años de proscripción peronista lo encontraron procurando construir una alternativa política que fuera capaz de canalizar la voluntad de las mayorías privadas de la posibilidad de votar a su líder. Derrotado una y otra vez en los comicios, tuvo la entereza de reconocer el momento en que debía dar un paso al costado para promover el triunfo de su partido de la mano de otro candidato, posibilitando así el triunfo legítimo de Arturo Umberto Illia, que presidió uno de los mejores gobiernos del siglo XX.
En la convicción que no podía construirse una institucionalidad sólidamente asentada si no se aseguraba la participación del peronismo en los procesos electorales, desprovisto de todo interés mezquino y convencido de servir a la Nación, fue capaz de perdonar agravios, persecución y cárcel para sellar la unidad de las mayorías populares. Un viejo peronista, testigo de aquel momento, me ha dicho que Balbín no saltó una tapia, sino que saltó la historia. Su "viejo adversario" convertido en "amigo" comprendió y valoró el gesto, aunque ya era tarde, para él en particular y para los argentinos en general. La larga y negra noche que se cernía sobre el país desplegó todo su potencial de violencia, horror y muerte. A pesar de las interpretaciones malintencionadas, Balbín estuvo a la altura de las circunstancias. Salvó las vidas que pudo y se dolió de las que no pudo salvar.
Su último gran aporte fue convocar a principios de los ochenta a la multipartidaria en torno a su lecho de enfermo para que buscaran los denominadores comunes que posibilitaran nuevamente la apertura democrática. No pudo ver el renacer de la república y la vigencia de la Constitución Nacional como él lo había soñado. Pero todavía disfrutamos afortunadamente de la democracia por la que Balbín luchó denodadamente.
Diego Barovero
Parece cuento, pero hacia fines del siglo XIX en el borde sudeste de la ciudad capital, en terrenos pantanosos y anegadizos, una aldea o casi un pueblo con características propias, únicas e irrepetibles, con preponderancia de inmigrantes italianos, en su mayoría genoveses, estaba destinado a ser tierra de pintores.
La zona, que por su ubicación geográfica obtuvo como nombre el de La Boca del Riachuelo de los Navíos, alcanzó en poco tiempo un significativo desarrollo social, económico y cultural pese a las adversas condiciones originarias, llegando a obtener reconocimiento mundial gracias a que entre sus límites surgió una auténtica escuela que revolucionó las bellas artes, no sólo de Argentina.
Desde aquella margen del Riachuelo y en medio del paisaje multicolor de casas de madera y chapa se renovó conceptualmente la pintura nacional y trascendió sus fronteras reales e imaginarias de la mano de figuras indelebles como Alfredo Lázzari, Quinquela Martín, Fortunato Lacámera, Miguel C. Victorica, Miguel Diomede, Marcos Tiglio, Juan C. Miraglia, José L. Menghi, Juan A. Bassani, Alonso Casellas, Aldo Severi y Rómulo Macció, entre muchos otros.
En ese proceso tuvo vital protagonismo la Agrupación de Gente de Arte y Letras Impulso, fundada por muchos de aquellos grandes maestros el 23 de marzo de 1940 y que desde el mágico y húmedo barracón de la calle Lamadrid al 300, entre la mítica calle Necochea y la Avenida Brown, a pocos pasos de la legendaria mole de hierro del Puente Trasbordador, realiza su invalorable tarea desde hace tres cuartos de siglo.
La zona, que por su ubicación geográfica obtuvo como nombre el de La Boca del Riachuelo de los Navíos, alcanzó en poco tiempo un significativo desarrollo social, económico y cultural pese a las adversas condiciones originarias, llegando a obtener reconocimiento mundial gracias a que entre sus límites surgió una auténtica escuela que revolucionó las bellas artes, no sólo de Argentina.
Desde aquella margen del Riachuelo y en medio del paisaje multicolor de casas de madera y chapa se renovó conceptualmente la pintura nacional y trascendió sus fronteras reales e imaginarias de la mano de figuras indelebles como Alfredo Lázzari, Quinquela Martín, Fortunato Lacámera, Miguel C. Victorica, Miguel Diomede, Marcos Tiglio, Juan C. Miraglia, José L. Menghi, Juan A. Bassani, Alonso Casellas, Aldo Severi y Rómulo Macció, entre muchos otros.
En ese proceso tuvo vital protagonismo la Agrupación de Gente de Arte y Letras Impulso, fundada por muchos de aquellos grandes maestros el 23 de marzo de 1940 y que desde el mágico y húmedo barracón de la calle Lamadrid al 300, entre la mítica calle Necochea y la Avenida Brown, a pocos pasos de la legendaria mole de hierro del Puente Trasbordador, realiza su invalorable tarea desde hace tres cuartos de siglo.
Diego Barovero, Horacio Spinetto
La payada es un arte
poético musical que pertenece a la cultura hispánica y que
tuvo un enorme desarrollo en Sudamérica, sobre todo en Argentina, sur de Brasil
y parte de Paraguay. En ella, una persona, el payador, improvisa reflexiones casi filosóficas
en un breve instante, acompañado de su guitarra y con rima
improvisada.
Cuando la payada es a
dúo, se denomina contrapunto y toma la forma de un duelo cantado. En el
contrapunto, cada payador responde las preguntas de su contrincante y luego
pregunta del mismo modo. Pueden durar horas ya que el final se da cuando uno de
los cantantes no puede responder rápidamente a la pregunta de su
contrincante.
Por ello el 23 de
julio se celebra en la República Argentina el
“Día del
Payador”, en conmemoración del histórico contrapunto entre Gabino Ezeiza y el oriental Juan
de Nava, celebrado en 1884 ante un auditorio la localidad
uruguaya de Paysandú.
En ese encuentro el afroargentino terminó su improvisación, “Heroico
Paysandú”, ovacionado por el público que al comienzo lo recibió con
hostilidad.
Gabino, de ascendencia negra, nació en San Telmo el 3 de febrero de
1858 y vivió en el barrio de Floresta hasta el día de su muerte el 12 de octubre
de 1916, horas antes que asumiera la Presidencia de la Nación el doctor Hipólito
Yrigoyen.
Gabino – al igual que otro payador radical, José Betinotti cuya vida y
trayectoria fue admirablemente retratada por Homero Manzi en el film "El último
payador" – adhirió desde muy joven a la causa de la Unión Cívica
Radical , dedicando composiciones tanto al partido como a su
numen inspirador y fundador: el doctor Leandro
Alem.
Ese 12 de octubre, Yrigoyen enterado de la muerte de Gabino Ezeiza y
mientras se preparaba para asumir la primera magistratura de la República por el
voto libre de sus conciudadanos luego de 25 años de lucha, le preguntaron si le
faltaba algo. El presidente electo afirmó: "Sí, me falta el Negro
Gabino...pobre Gabino, él sirvió". Su retrato integra la galería de figuras
del arte popular argentino en las paredes del Café de los Angelitos, que fuera
inmortalizado como “bar de Gabino y
Cazón” en el
tango homónimo.
“Alem
todo es
corazón;
Él
encarna el patriotismo;
Es la
esencia del civismo de esta gloriosa
Nación.
Es
eminencia del Foro;
Y en el
libro de la Historia;
Su
nombre, lleno de gloria;
Se
escribirá en letras de oro”
(Payada de
Pablo J.
Vázquez, Teatro
Apolo, 2 de julio de 1894, dedicada
a Leandro
Alem. Crónica
del diario La Prensa)
La memoria de los argentinos suele ser endeble y caprichosa, pero no podemos dejar de recordar la figura del Dr. Arturo Mor Roig , quien murió el 15 de julio de 1974 como consecuencia de un cruel y cobarde atentado perpetrado por los Montoneros. En efecto, un comando de dicha agrupación lo sorprendió almorzando en un sencillo restaurante de San Justo. Ejemplo de honradez y dignidad personal, desde su regreso al llano luego de desempeñar varios cargos públicos, Mor Roig se ganaba su peculio como asesor legal en un establecimiento fabril en el conurbano.
La figura de Arturo Mor Roig se destaca como un signo de reconciliación y consenso. Reconocido dirigente de la Unión Cívica Radical a la que adhirió en su juventud, su vasta trayectoria legislativa enalteció la política, desde sus comienzos como concejal en San Nicolás , como senador en la Legislatura bonaerense y en el desempeño de la presidencia de la Cámara de Diputados de la Nación entre 1963 y 1966. Su vida pública estuvo siempre presidida por la disciplina de la razón, la vocación por el diálogo, la virtud de la tolerancia y el desprendimiento personal.
En 1971, despojándose de todo cálculo mezquino, aceptó ser ministro del Interior del gobierno de facto presidido por el General Alejandro Agustín Lanusse, comprometiendo su prestigio personal y político con el objetivo de reconstruir el sistema republicano sobre la base de la unidad de todos los argentinos. Cumplió su cometido, ya que el 25 de mayo de 1973 asumió un gobierno constitucional electo sin proscripciones partidarias por primera vez luego de dieciocho años.
Lamentablemente, pagó con su vida la firmeza de sus convicciones y su compromiso democrático. Quizá no haya sido casual que mataran a Mor Roig apenas dos semanas después del fallecimiento del presidente Juan Domingo Perón. Los Montoneros, expulsados de la Plaza de Mayo por el anciano conductor, habían pasado a la clandestinidad y, en un escenario de enfrentamiento en el marco interno del peronismo, buscaban un medio para condicionar a algún tipo de negociación con la nueva presidenta Isabel Martínez de Perón, quien por entonces buscaba apuntalar su débil administración mediante el diálogo con todo el arco político y social.
Habían intentado por medio de un encuentro con Ricardo Balbín que éste mediara ante la presidenta viuda, recibiendo una rotunda negativa del líder radical si antes no hacían público su compromiso con el sistema democrático.
Decidieron entonces enviarle un mensaje a Balbín. Eligieron por blanco al ex ministro Mor Roig, quien no contaba con custodia ni protección especial y se manejaba como un ciudadano común en el desarrollo de su rutina diaria. La muerte de Arturo Mor Roig fue entonces una advertencia a toda la dirigencia política. Después la espiral de odio y muerte se expandió. A cuatro décadas el asesinato de Mor Roig permanece impune.
*Historiador. Autor de "Arturo Mor Roig. Entre el ensueño y el sacrificio. La transición democrática de 1971/73". Ed. Dunken.
por Diego Barovero
La conmemoración de los 100 años del natalicio de Aníbal Troilo "Pichuco", célebre musico, compositor y director de orquesta cuya obra y personalidad marcan un hito en la historia del tango, me trajo recuerdos de mi infancia viéndolo en presentaciones televisivas por entonces en blanco y negro o escuchando sus grabaciones en viejos discos de pasta de los sellos Odeon y RCA. En cualquier familia de tangueros se practicaba un culto a la figura del enigmático Gordo. Mi familia no era la excepción, pero por cierto fue mi padrino, Enrique José María Vaccaneo - impenitente milonguero y hombre de la noche porteña - quien profesaba un auténtica adoración por Troilo, a quien conoció y vio actuar en vivo en numerosas ocasiones.
Siempre me pregunté si Pichuco tuvo alguna inclinación política, algo que nunca pude develar. Intuí que tal vez su temprana amistad con Homero Manzi lo hubiera influido de alguna manera en la causa popular que con tanta pasión animó la corta vida del vate. Pero no encontré registro de ideas políticas en Troilo. Descuento que su sensibilidad, expresada singularmente con su fueye, lo acercaba a la gente sencilla del pueblo, aquella que se emocionaba con su música y su interpretación. No podía serle ajeno entonces cualquier injusticia o dolor humano.
Pero hay un dato que queda alojado en un recóndito rincón de mi memoria de alguna charla lejana con mi padrino troileano que quizá sirva para conocer los entresijos de relaciones que unieron al Bandoneón Mayor de Buenos Aires con el mundo de la política, a partir del gusto por la noche y sus excesos.
Me contó una anécdota acerca de una noche luego de una actuación de Troilo con su conjunto, a la que luego siguió la habitual farra de alcohol y otras licencias. Como de costumbre, Pichuco se pasó del límite y tuvo un entredicho en la calle con un vigilante al que le dio un sopapo por lo cual terminó yendo a dar con sus huesos al calabozo de la comisaría cercana.
Mi padrino recordaba con certeza la claridad del mensaje del inefable Gordo al advertir su desgracia y pensar en su salvación. "¡Avísenle a Perette!". Y los amigos fueron nomás hasta el Hotel Savoy, que era su "residencia oficial", a buscarlo al vicepresidente de la Nación doctor Carlos Humberto Perette que, fraternal y solidario con Pichuco en las indelebles noches porteñas, hizo uso de su alta investidura al apersonarse en la Seccional policial y solicitar la inmediata libertad del músico.
Vaya el recuerdo como un homenaje a la pretérita noche porteña y sus duendes como Troilo, Perette y mi padrino Enrique.
La conmemoración de los 100 años del natalicio de Aníbal Troilo "Pichuco", célebre musico, compositor y director de orquesta cuya obra y personalidad marcan un hito en la historia del tango, me trajo recuerdos de mi infancia viéndolo en presentaciones televisivas por entonces en blanco y negro o escuchando sus grabaciones en viejos discos de pasta de los sellos Odeon y RCA. En cualquier familia de tangueros se practicaba un culto a la figura del enigmático Gordo. Mi familia no era la excepción, pero por cierto fue mi padrino, Enrique José María Vaccaneo - impenitente milonguero y hombre de la noche porteña - quien profesaba un auténtica adoración por Troilo, a quien conoció y vio actuar en vivo en numerosas ocasiones.
Siempre me pregunté si Pichuco tuvo alguna inclinación política, algo que nunca pude develar. Intuí que tal vez su temprana amistad con Homero Manzi lo hubiera influido de alguna manera en la causa popular que con tanta pasión animó la corta vida del vate. Pero no encontré registro de ideas políticas en Troilo. Descuento que su sensibilidad, expresada singularmente con su fueye, lo acercaba a la gente sencilla del pueblo, aquella que se emocionaba con su música y su interpretación. No podía serle ajeno entonces cualquier injusticia o dolor humano.
Pero hay un dato que queda alojado en un recóndito rincón de mi memoria de alguna charla lejana con mi padrino troileano que quizá sirva para conocer los entresijos de relaciones que unieron al Bandoneón Mayor de Buenos Aires con el mundo de la política, a partir del gusto por la noche y sus excesos.
Me contó una anécdota acerca de una noche luego de una actuación de Troilo con su conjunto, a la que luego siguió la habitual farra de alcohol y otras licencias. Como de costumbre, Pichuco se pasó del límite y tuvo un entredicho en la calle con un vigilante al que le dio un sopapo por lo cual terminó yendo a dar con sus huesos al calabozo de la comisaría cercana.
Mi padrino recordaba con certeza la claridad del mensaje del inefable Gordo al advertir su desgracia y pensar en su salvación. "¡Avísenle a Perette!". Y los amigos fueron nomás hasta el Hotel Savoy, que era su "residencia oficial", a buscarlo al vicepresidente de la Nación doctor Carlos Humberto Perette que, fraternal y solidario con Pichuco en las indelebles noches porteñas, hizo uso de su alta investidura al apersonarse en la Seccional policial y solicitar la inmediata libertad del músico.
Vaya el recuerdo como un homenaje a la pretérita noche porteña y sus duendes como Troilo, Perette y mi padrino Enrique.
Escribe Diego Barovero *
El 9 de
julio de 1894 Buenos Aires se engalanó para celebrar un gran acontecimiento: la
inauguración de la Avenida de Mayo.
Sin
embargo, un día antes, el 8 de julio La Boca del Riachuelo vivió su propia
fiesta. En la manzana delimitada por las calles Suárez, Santa Teresa (hoy
Ministro Brin), Olavarría y 119 (hoy Sebastián Caboto) se inauguraba la Plaza Solís ,
denominación en homenaje al navegante que descubriera el Río de la Plata.
La
gestión había sido iniciada por el vecino Santiago Ferro , que
incluyeron unas décimas entonadas por el celebérrimo payador de las dos orillas
del Río de la
Plata Gabino Ezeiza en 1892 ante el intendente municipal
Francisco Bollini, quien dispuso el inicio de la obras. Dos años más
tarde su sucesor Federico Pinedo inauguraba la primera plaza del barrio de La
Boca.
Desde
aquella jornada la Plaza
Solís fue hito y epicentro de numerosos y significativos
acontecimientos y marco propicio para el prolífico desarrollo de las más
variadas actividades humanas que siempre caracterizaron a la populosa barriada
ribereña.
En 1895 en
la esquina de Olavarría y Ministro Brin comenzó a funcionar el magnífico
Mercado Solís. Y algunos años más tarde, el 3 de abril de 1905, un grupo de
muchachos soñadores dio el puntapié para el nacimiento de una señera
institución barrial con proyección internacional: el Club Atlético Boca
Juniors.
El
entorno de la Plaza Solís
señala la proliferación de interesantes y variados ejemplos de las típicas
casas boquenses de chapa y madera, que lucen aún orgullosas la policromía
impulsada por Benito Quinquela Martín como hito característico del barrio.
Las
celebraciones de Nochebuena y Año Nuevo trascendían los límites del espacio
privado, ya que las mesas para la cena familiar se tendían generosas en las veredas
o directamente en la calle o la mismísima plaza, como lugar de encuentro y
festejo común. Diz que en aquellos primeros años del siglo XX el tango nacía, orillero, entre
La Boca y Barracas. Y, originario de aquel reducto, brillaba entre otros el
indeleble bandoneonista Juan Bautista “Bachicha” Deambroggio, a quien nada
menos que Carlitos Gardel grabó en París su “Bandoneón arrabalero”. A pocas
cuadras, en Suárez y Necochea esquina mitológica del tango, sonaban en sus
cuatros esquinas los mágicos acordes de los jóvenes Eduardo Arolas, Agustín
Bardi, Francisco Canaro, Genaro Espósito y Arturo Bernstein.
En la
intersección de Suárez y Caboto, el 15 de enero de 1949 nació la Agrupación Humorística
Los Nenes de Suárez y Caboto que hizo las delicias de los
niños y los no tan niños en los populares y recordados carnavales boquenses.
En el N°
74 de Suárez vivió por muchos años el eminente pintor Miguel Diomede, ganador
del Premio Palanza y académico de Bellas Artes.
La
esquina noroeste de Suárez y Caboto es sede del tradicional café y restaurante
(que se inició en los años 30 como almacén y despacho de bebidas de la
mano del matrimonio español compuesto por Manuel Pazios y María Servando) La Buena Medida , que
desde 1972 regenteó don Angel
“ El Bebe” Schiavone, y actualmente su hijo Antonio -Tony para los amigos del barrio y habitués-. Ese local fue escenario de la filmación de dos
singulares películas del cine nacional: “Los muchachos de mi barrio”, de 1970,
dirigida por Enrique Carreras y protagonizada por Palito Ortega, Javier
Portales, Juan
Carlos Altavista y Evangelina Salazar; y “Un oso rojo”, de
2002, dirigida por Adrián Caetano y protagonizada por Julio Chávez, Soledad
Villamil y René Lavand.
En los
tiempos de actividad portuaria los altos de esa esquina fueron sede de un
sindicato naval y luego atellier de otro
célebre pintor boquense, Manuel
González Lázara, uno de los maestros fundadores de la Agrupación Gente
de Arte y Letras Impulso.
*Junta Auténtica de
Historia y Cultura de La Boca del Riachuelo.
por Diego Barovero
(Síntesis de la charla brindada el 4 de julio de 2014 en la Junta de Estudios Históricos de San Telmo)
Los cafés y
bares están presentes en nuestra vida ciudadana desde los albores de nuestra
historia.
En ellos se
jalonaron episodios trascendentes de la formación de nuestra Patria así como
infinidad de hechos y circunstancias de variada intensidad en nuestra vida
cotidiana.
Un pequeño
recorrido personal por el circuito del casco histórico de Buenos
Aires, desde Plaza de Mayo y Catedral al Sur, pasando por San Telmo y el Parque
Lezama hasta finalizar en otro barrio emblemático como La Boca del Riachuelo,
nos permite trazar una línea imaginaria uniendo bares y cafés notables de
nuestro pasado y nuestro presente.
El más antiguo de los cafés en
actividad en nuestra ciudad de Buenos Aires, el Café Tortoni, fue fundado en
1858 por un francés quien le impuso ese nombre emulando al homónimo ubicado en
Paris.
El primitivo Tortoni porteño abrió
sus puertas por primera vez en un local de Esmeralda y Rivadavia. Por los años
80 se trasladó a la acera opuesta, exactamente en Rivadavia 826.
En 1893, un año antes de la
inauguración oficial de la Avenida de Mayo el Café Tortoni ya lucía su nueva
fachada, con dos accesos en el 825 y 829 de la nueva arteria. Desde entonces se
consagraron sus clásicos leche merengada y chocolate con churros. Fue epicentro
del magnífico movimiento cultural porteño, especialmente desde los tiempos en
que en su subsuelo funcionó la Agrupación de Gente de Arte y Letras La Peña, por
donde desfilaron Alfonsina Storni, Benito Quinquela Martín, Juan De Dios
Filiberto, Carlos Gardel, Luigi Pirandello, Arthur Rubinstein, Federico García Lorca,
entre tantos otros.
En noviembre de 1887, año en que
se realizó el primer censo municipal de población de la ciudad que arrojó un
total de 433 mil habitantes de los cuales más de la mitad eran extranjeros, el
aire de Catedral al Sur se perfumó con el aroma del café recién molido de
La Puerto
Rico , propiedad de don Gumersindo Cabedo, que había vivido
algunos años en la isla boricua, encariñándose con su gente, su tabaco y sobre
todo su café.
En San Telmo, en el año 1897, se
inauguraron dos mercados: el San Telmo y el Argentino , ya desaparecido. El
histórico Mercado San Telmo, proyecto y obra del prestigioso arquitecto Juan
Buschiazzo, ocupa un poco más de un cuarto de la manzana comprendida entre las
calles Defensa, Carlos
Calvo , Bolívar y Estados Unidos. Los locales a la calle fueron
ocupados originalmente por bares y billares. En uno de ellos, el que da a
la calle
Bolívar 982,986 y 994 funcionó hasta hace poco tiempo el bar y
restaurant La Coruña, evocando una de las cuatro provincias de Galicia. Fue una
referencia para el barrio y sus vecinos, pero también para los oficinistas de la
zona y para los turistas que invaden a diario el barrio.
En pleno siglo XXI y producto de las
nuevas tendencias mundiales llegadas al país y a la ciudad, se dice que los
cafés se han revolucionado. Por ello han aparecido otras modalidades como el bar
de barista. Un ejemplo de ello son los cafés en el interior del Mercado San
Telmo, en el
bello espacio central cubierto por la cúpula de ocho aguas,
como es el caso de Coffe Town, pequeño espacio
artesanal dedicado al café de calidad.
Frente al Hueco de la Residencia,
que fuera luego Plaza de la Residencia, más tarde Del Comercio y luego Humberto
I° y que, por ordenanza del 15 de mayo de 1900, adquirió su denominación
definitiva de Plaza Dorrego, en la esquina nordeste de Defensa y Humberto I° en
la planta baja de un edificio de dos plantas construído en 1880, se encuentra el
Bar Plaza Dorrego, auténtico cafetín porteño.
Anteriormente el bar se llamó San
Pedro Telmo – por su cercanía con la histórica iglesia parroquial- y fue en sus
orígenes almacén bar El Imperial. De aquel entonces datan una máquina de café y
cajones donde se guardaban sueltos fideos, porotos, lentejas, yerba, café, etc.
Mudos testigos son sus mesas de madera gastada por las que pasaron
Jorge Luis
Borges , Raquel Forner, Alfredo Bigatti , Robert De Niro,
Eric Clapton y Robert Duvall.
El Parque Lezama, sitio fundacional
de la ciudad Buenos
Aires , es el último bastión del barrio de San Telmo.
Precisamente en la esquina en que se cruzan Brasil y Defensa, dos bares
tradicionales se enfrentan: el Bar Británico, en la esquina nordeste, y el Café
El Hipopótamo en la noroeste.
El primero de ellos, en una de cuyas
mesas Ernesto Sábato escribiera parte de su significativa novela “Sobre héroes y
tumbas”, abrió sus puertas en 1930 bajo el nombre La Cosechera, pasando pocos
años después a su actual denominación.
El otro, por su parte, desde 1909
funcionó como almacén y despacho de bebidas con la denominación La
Estrella del Sur. Luego llamóse Saturno, Hipoppotamus y
actualmente El Hipopótamo.
Nuestro itinerario personal termina
por razones obvias en La Boca del Riachuelo. Emblemática barriada de Buenos
Aires con caracteres propios que le diera su propia geografía y su incónico
paisaje urbano. Los cafés de La Boca fueron, se dice, donde se escucharon los
primeros acordes del tango. Particularmente en la zona de Suárez y Necochea, en
cuyas cuatro esquinas ochavadas lucieron míticos cafés donde brillaron de
jóvenes Juan de Dios Filiberto, Eduardo Arolas, Francisco Canaro, Juan Bautista
“Bachicha” D’Ambroggio y Genaro Espósito. Unas cuadras hacia el Riachuelo frente
a la Plaza
Solís , primera plaza boquense, inaugurada un día antes que la
Avenida de Mayo el 8 de julio 1894, perdura en Suárez y Caboto La Buena Medida , que
fuera primero almacén y despacho de bebidas propiedad de un matrimonio de
españoles y finalmente bar y restaurante.
En la avenida Almirante
Brown y Olavarría, aún existe el Bar Roma – sucesor de otros
bares y una rotisería ubicados en el mismo local – al que Enrique Cadícamo
dedicó unos versos hechos tango para memorar la presencia boquense de Carlitos
Gardel y José Razzano :”Viejo café cincuentón que por La Boca existía/ allá por
Olavarría esquina Almirante Brown/ Se estremeció de emoción tu despacho de
bebidas/con las milongas sentidas de Gabino y de Cazón” (El Morocho y El
Oriental).
















